viernes, 20 de noviembre de 2015

Retrato



Aparecí delante del espejo del baño. Me vi el pelo teñido de un tono caoba que estaba alborotado de dar vueltas durante toda la noche en la cama sin pegar ojo, sin siquiera dormir una pizca. Empecé a explorar mi rostro comenzando por la frente, esa frente tan curvada y llena de granos, unos granos causados por las hormonas que se supone que una chica de diecisiete años ya no debería tener. Fui bajando los ojos hasta que se encontraron con ellos mismos, con las pupilas, indiferenciables del resto del iris, negro como el azabache. Seguí descendiendo por mi semblante bronceado hasta llegar a la nariz, una nariz la cual nadie sabe si es pequeña o grande; su tamaño es relativo. Es muy corta pero también ancha en la parte más baja. Después llegué a los labios, carnosos pero secos de haber respirado por la boca durante la noche a causa del resfriado. Volví a observar mi faz, con forma de escudo medieval deformado por las batallas; las mismas que se libraban entre el virus y mis anticuerpos y que se reflejaban en mi aspecto. Tenía unas ojeras de vértigo, rosadas, igual que mis mejillas antes de ese malestar que solo molestaba.
Me aseé un poco, me puse las lentes de contacto y fui al armario a ponerme algo de ropa. Contemplé mi silueta ante el espejo alto del ropero. Era muy renacuaja, aunque, por mala suerte, de constitución grande en las extremidades inferiores. Elegí unos pantalones ceñidos negros, una camiseta de tirantes gris y una camisa abierta a cuadros negros y granates, mis dos colores favoritos. Escogí un par de zapatos negros de la cómoda y me los puse encima de unos calcetines de un color grisáceo.

Mi teléfono empezó a vibrar y vi que tenía unos cien mensajes de mis amigas. ¿Cuánto tiempo llevaba así? Todos decían que me diera prisa, que habíamos quedado hacía media hora y que llegaríamos tarde al instituto. Miré la hora. Aún eran las siete y media. Tenía media hora para llegar. Bajé las escaleras tan rápido como pude, le di un beso a mi madre y, con la tostada en la boca y la mochila medio puesta, salí de casa. Allí llegó mi momento de relajación. Cogí los auriculares blancos de mi chaqueta verde militar y los conecté a mi teléfono, que por cierto seguía vibrando. Puse Renegades, de X Ambassadors, y comencé a seguir el paso firme pero suave de la canción hasta la otra punta del pueblo. En ese momento del día siempre podía pensar con claridad, apartada de todo lo que repudiaba, apartada de la preocupación de tener que hacer los deberes o los exámenes que iba a tener la siguiente semana. Solo estaba yo, la música, y mis pasos al ritmo de esta.
Todas las que enviaban mensajes hasta ese momento siempre decían lo mismo, que era una testaruda. Por empezar, estaba de acuerdo con eso. Sí, era testaruda. Era testaruda pero en el buen sentido; defendía las cosas en las que creía. Y no las desmentía hasta que se podían demostrar empíricamente, por lo que también soy escéptica. No creía que un hombre que sale por la televisión pudiera hacer dormir a una persona previamente preparada con solo tocarle el hombro. Lo siento, pero así era.
Pese a eso, lo de aquella mañana no era normal. Nunca me había gustado llegar tarde a ningún sitio. Uno de mis problemas era que me estresaba fácilmente aunque no siempre se me notaba. Ese día era imposible no tener estrés. Iba como un rayo, esquivando a mi pasar a perros, personas, árboles, etc.
Mientras iba por la acera vi a un pobre gato que tenía una pata mal herida y me paré a ayudarlo. Me encantaban los animales y también era muy empática, pero con quien quiero (según mi madre). Después de llevarlo a la casa de sus dueños, que conocía de hace tiempo, miré la hora. Faltaban diez minutos para las ocho. Me dí más prisa todavía y llegué cuando faltaban dos minutos para entrar al instituto. Todas las bloquea-teléfonos estaban allí de pie con cara de enfadadas. Intenté poner mi mejor cara y sonriendo me acerqué a ellas:
    Lo siento, pero al final he llegado a tiempo para entrar al instituto.
    ¿Qué dices, Júlia? Si solo son las siete.― Miré mi teléfono. Aún no había cambiado la hora pero habíamos quedado todas una hora antes para estudiar para un examen que ya me sabía.

Otra de mis perfectas cualidades es que soy una despistada sin arreglo.