Todo comenzó el 10 de enero de 2040. Miles de personas salieron a la calle para contemplar como la luna se fragmentaba. Trozos que parecían ínfimos a esa distancia, empezaron a caer de manera precipitada hacia la tierra. Trozos que, poco a poco, se convertían en meteoritos que destrozaban ciudades, bosques, campos y montañas.
El mundo se vio inmerso en lo que, años después, se denominaría “el cataclismo lunático”. El satélite había quedado con un hueco, dando paso a una forma de cabeza perforada, de ahí el nombre.
Eso hizo que las mareas cambiaran, que subieran el nivel de su agua. Nuestro planeta pasó de ser el 75% de agua, al 90%. Solo aquellas montañas que no quedaron destrozadas eran los únicos puntos donde proseguir con la vida terrestre.
El comportamiento de muchos animales fue afectado también. Las gallinas intentaban volar, los leones tenían miedo de las gacelas incluso los perros atacaban a sus amos (aquellos que habían podido sobrevivir).
Quiero dejar constancia de todo esto. Según nuestros cálculos, otra explosión lunar puede ocurrir otra vez, justo cinco años después de la primera. Para eso faltan treinta días. Si me pasa algo, si nos pasa algo, este diario va a ser la única salvación que le queda a la humanidad.
— ¡Vic! Como no dejes ese maldito diario y nos vengas a ayudar con la máquina, te juro que a la que caiga el primer meteorito, voy a empujarte para que te aplaste como un moco — mi compañera de universidad Lara siempre había sido muy poco sutil para pedir las cosas.
Arrugué la nariz.
— Ya voy, pesada. ¿No ves que es importante este diario? ¿Y si nos pasa algo? ¿Quién va a continuar con el neutralizador?
— Si sigues con ese librito tuyo no lo podremos acabar aunque pasen cinco años más. ¡Vamos, lávate las manos y ven!
Con un soplido, fui hacia lo que un día fue la cocina de esa cabaña que usábamos como refugio-laboratorio y procedí cumplir su orden.
— «CUAC».
Miré hacia mis pies.
— ¡Mochi, precioso! ¿Cómo está mi patito favorito?
— «CUAC» — después de tanto tiempo viviendo con él, entendía lo que ese «cuac» significaba.
—- ¡Lara, Alberto! ¿Le habéis dado de comer hoy a Mochi?
— Será glotón el tío, hace veinte minutos le di una lata de atún — el chico entró en la habitación, se agachó y abrió los brazos —. Ven aquí, glotoncito, que si comes más tendremos que llamarte Mochón.
Mochi empezó a correr hacia Alberto provocando un sonido muy tierno con sus patas. Saltó sobre él como de costumbre y se abrazaron.
Muchos animales cambiaron su comportamiento tras el desastre. En el caso de los patos, los convirtió en la mascota perfecta. Se volvieron muy inteligentes, pero no pretendían hacer daño a ningún humano, sino colaborar con ellos.
Alguna vez he llegado a pensar que se volvieron tan listos que lograron dominar a lo que quedaba de humanidad para que las mascotas reales fuéramos nosotros. Alimentábamos a Mochi, lo lavábamos, le preparábamos siempre una camita para que pueda dormir bien, le hacíamos mimos siempre que no estábamos investigando, etc. Definitivamente, los patos eran los nuevos gatos.
— ¿Es que soy la única que se preocupa por la humanidad, o qué?
— Ups, hemos enfadado a la sargento.
Una risita se me escapó tras el comentario de Alberto al imaginarme a Lara con uniforme militar y un bigote ridículo.
— Ah, os parece gracioso. Perfecto — estaba enfadada.
— Lara, perdona. Todo esto me sobrepasa. No solo a mí, a Alberto también, y creo que a ti te pasa lo mismo. ¿No crees que un poco de diversión puede distraernos?
— ¿Te crees que no me quiero divertir? — su voz sonaba muy tranquila. — ¿Te crees que llevo cuatro años y medio encerrado aquí con vosotros y un pato que probablemente os supere en inteligencia en vez de vivir mi vida?
— Hermanita…
— No, Alberto. Si no conseguimos poner en marcha esto, el sacrificio que hicieron miles de personas no servirá de nada. El sacrificio de mamá y papá será en vano. ¿Eso quieres? — una lágrima brotó del ojo que no estaba tapado por su parche.
El chico fue a abrazarla y me hizo un gesto para unirme.
Una vez nos disculpamos con ella, me lavé las manos y los tres volvimos al sótano, a nuestro laboratorio.
WIP
Mochi bajó con nosotros y se tumbó en un almohadón que teníamos ahí para cuando trabajábamos hasta tarde, que estas últimas semanas había sido casi cada día.
Me fijé bien en nuestra creación. Si cinco años atrás me hubieran dicho que estaría construyendo una máquina gravitatoria, no me lo hubiera creído. Nuestra idea era la siguiente: en el momento en que la luna volviera a fragmentarse, crearíamos un campo gravitacional que los mantendría unidos hasta que, por su propio peso, se convirtieran en satélites de nuestro satélite.
La teoría la teníamos clara, el problema era hacer funcionar ese cacharro antes de la próxima explosión.

No hay comentarios:
Publicar un comentario