No podía más. La puerta entreabierta de la habitación de al lado no
paraba de tentarle para a ir a ver lo que estaba pasando. Los gritos de sus
padres discutiendo por lo mismo de siempre eran cada vez más altos y la
abrumaban. Tenía que salir de esa casa.
Cogió el candelabro con la media vela ya gastada por el tiempo y pensó en
la irónica realidad en la que estaba viviendo.
Ella era esa vela consumida por el fuego, que la vida le proporcionaba,
acechada por el miedo de ser apagada con un solo soplo.
La noche estaba al caer, pero necesitaba alejarse de ese dolor que le
producían esas continuadas discusiones. Se puso sus zapatos, los que usaba los
domingos para ir a la iglesia y, con un paso ligero para que no se dieran
cuenta sus padres, fue hacia la puerta
de entrada, donde giró poco a poco el pomo con un silencio sepulcral.
Al fin, salió de esa casa. Cerró la puerta con cautela y miró la fachada
de la que había sido su casa, y de la que esperaba que no volviera a serlo. Nunca
la había visto tan pequeña. Supuso que era porque en verdad, nunca se había
parado a mirarla.
En las ocasiones en que se sentía así, agobiada, abrumada, asustada por
el miedo de perder alguna cosa que aún no había encontrado, se iba al cementerio
de la ciudad donde yacía en paz (según el epitafio) su abuela desde 1809,
cuando ella solo tenía cuatro años.
Recordaba que su abuela le explicaba cuentos de bestias que vivían debajo
de las casas o de espíritus de personas que no habían vivido bien su vida, que
tenían que vivirla de alguna manera, aunque fuera vivirla estando muerto porque
habían hecho justo lo contrario antes de ser enterrados para la eternidad solitaria.
Empezó a caminar por el camino lleno de piedras pequeñas. Se le iban
clavando en los zapatos mientras las pisaba. La puerta del cementerio la sacó
de sus pensamientos. El sol se había escondido. La luna ya ascendía hasta su
lugar, donde podía contemplar las desgracias de los demás. Abrió la puerta
lentamente y entró dejando un chirrido espantoso detrás de sí.
Era otoño y las hojas de los árboles habían caído. Estaban secas, como
los cadáveres que estaban debajo de ellas. Dio un paso; las hojas crujieron.
Otro más; esta vez no hubo respuesta, el suelo estaba mojado. Se le hundió el
zapato en barro. Lo sacó mugriento. Su madre la iba a matar pero eso ya le daba
igual. No la volvería a ver.
Prosiguió su camino. Iba alumbrando con la vela ya casi gastada todas las
tumbas, leyendo los epitafios de los muertos. Le divertían algunos. “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En
estos momentos hace de muerto. Se ha metido demasiado en el papel.” Se rió
en voz alta. Eso provocó un fuerte ruido de un pájaro asustado volando hacia
otro árbol, lejos de ella. Hoy no le salía nada bien.
Al fin, llegó hacia la tumba de su abuela. Su epitafio era de los pocos
que no le hacían gracia. "Aquí yace
Prudence, siempre te llevaremos en nuestro corazón.” Era verdad. Se sentó
encima. Se estuvo unos minutos pensando en su abuela. Se estiró, dejando la vela
delante de ella para no ver la oscuridad, le asustaba demasiado. Cerró los
ojos. Se quedó dormida.
La vela se apagó.
Su vida también.
Abrió los ojos. Por fin, después de once años, se reencontraron.
- ¿Abuela?
- Sí, hijita. Por fin estás a salvo mi pequeña.
Ven conmigo. Te tengo que enseñar un sitio precioso.
- ¿Dónde vamos?
- No lo veo. La vela se ha apagado. Aquí solo hay
oscuridad.

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