Prerequisitos
- Se oye un bombardeo a lo lejos
- Zombis
- El tiempo transcurre del revés
Veinte de enero de 2067. Solo quedamos vivos mi hermano Lucas, Marta y yo, Ana. Llevamos más de seis meses vagando por estas tierras plagadas de putos muertos andantes y hemos visto más de treinta muertes, entre ellas las de nuestros padres.
Las principales ciudades están devastadas por las bombas que los capullos americanos nos tiraron a principios del cataclismo. Según ellos “para protegernos”. ¿Para protegernos? Serán hijos de puta, en todo caso para protegerse a sí mismos. Es decir, los tíos primero mandan a científicos locos para que experimenten con genética, y luego, cuando les sale mal el intento y crean a putos zombis, nos bombardean. Anda y que les peten.
Cada dos semanas o así vuelven a hacerlo para erradicar los pocos infectados que quedamos. Vale, sí. Soy una zombi. ¿Qué? ¿Pensabais que iba a ir andando como una gilipollas diciendo ¨cereeebroooos¨? Pues claro que no. No somos como los atontados esos de las pelis. Somos seres vivos los cuales necesitamos comer a otros seres vivos para mantenernos, igual que todo dios, solo que nosotros somos un poco más finolis y nos decantamos por una zona en concreto. Mi favorita, el lóbulo temporal.
El único problema es que poco a poco nuestra carne se pudre, y tenemos que encontrar un remedio antes de que nos maten o nos quedemos sin comida. Por esa misma razón, Marta nos tiene aquí encerrados en la biblioteca del campus donde estudió medicina, buscando alguna respuesta.
— Tía, llevamos aquí tres putos días sin comer. Se me está empezando a caer la piel de la pantorrilla. Tenemos que salir a cazar antes de que tiren las bombas de hoy. Y si las tiran aquí, qué vamos a hacer, ¿eh?
Estoy hasta los huevos de no poder salir de este sitio que huele a amarillo. Ya sabéis, ese olor que producen los libros viejos cuando se vuelven de ese tono.
— Ana, llevan así medio año. ¿No crees que para entonces ya hubieran derrocado este edificio? No quieren perder este conocimiento — Marta sube un dedo para señalarme que escuche. A lo lejos, sonidos de explosiones. — ¿Ves? Aquí estamos a salvo.
— Sí, estamos a salvo, pero mi hermanita tiene razón, no tenemos comida y pronto nos empezaremos a descomponer. — Lucas coge un trozo de piel que tiene un poco suelto en la muñeca y lo estira hasta el codo — Tenemos que salir a cazar.
— Joder Lucas, qué puto asco. Somos zombis, no bárbaros. Colócate eso donde estaba anda, que me entran arcadas.
Al volver de la caza, Marta no está. Buscamos en cada rincón de la biblioteca, pero no la encontramos por ninguna parte. Decidimos ir a los laboratorios, donde la descubrimos con las gafas pegadas a un microscopio, haciendo pruebas.
— Chicos, chicos. ¡Venid! ¡Lo he encontrado! ¡Es que soy una puta genio! ¡He encontrado la cura!
— ¿No me jodas?
Ambos corremos hacia ella. Al mirar lo que no enseña, veo que las células de esa muestra se mueven de una manera muy curiosa. No soy ni bióloga ni nada, ¿eh?, que estudié bellas artes, pero hasta yo sé que las células se separan, no se unen.
— ¿Cómo coño has conseguido esto, Marta? — pregunto y Lucas me releva en el microscopio.
— Se podría decir, que he conseguido el serum de la juventud — dice ella, con una puta sonrisa de oreja a oreja, y pegando saltitos mientras se come un bocado del cerebro que le hemos traído. Al ver nuestra cara de empanados, se aclara la garganta y se pone seria. — Vale, chicos. Estad atentos porque no lo voy a repetir. He conseguido revertir la entropía de nuestras células.
