viernes, 30 de agosto de 2024

La Carne de la Tierra

Tema: Exuberancia


Nunca se me ha dado bien las plantas. Siempre las ahogo con exceso de agua o las dejo marchitar por falta de esta. Por eso, fue toda una sorpresa ver que el pequeño huerto que había creado en mi patio trasero empezaba a dar sus frutos —y nunca mejor dicho.

Puri, mi vecina, me ayudó desde el principio. Fue ella quien me regaló las semillas de calabaza, las de berenjena y los repollos. Como nuestros jardines estaban conectados por una pequeña puerta, vino a enseñarme durante los primeros días todo lo que sabía sobre cómo cuidarlas. En poco tiempo, todas las frutas y verduras que había plantado crecieron de manera exuberante. Mirar por la ventana de la cocina se había convertido en uno de mis mayores motivos de orgullo.

Con el paso de los días, el verano dio paso a un otoño anaranjado. Las calabazas de Puri habían alcanzado su máximo esplendor, justo a tiempo para cosecharlas. Las tardes se volvieron más frescas y la luz del sol, más suave, indicaba que Halloween estaba a la vuelta de la esquina. Fue entonces cuando pensé que ya era hora de empezar con las decoraciones.

Puri y yo siempre nos juntábamos para prepararlo todo. Tallábamos calabazas y poníamos telarañas falsas, riéndonos mientras decidíamos dónde colocar cada detalle espeluznante. Sin embargo, ese día no respondió a ninguna de mis llamadas. La había visto la mañana anterior con la compra, así supuse que estaría ocupada. Le dejé un mensaje en el buzón de voz, donde la invitaba a venir a casa para hacer faroles con la cáscara de las calabazas y un pastel con su interior.

Pasaron dos horas sin respuesta, así que decidí empezar sin ella. Sin embargo, al vaciar la primera calabaza, me encontré con algo perturbador. La pulpa no era naranja, como esperaba, sino de un tono rojizo oscuro. Al tocarla, sentí una consistencia extrañamente fibrosa, casi muscular. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando, al inclinarme para examinarla mejor, percibí un olor metálico, inconfundible: el aroma de la sangre.

El corazón me latía en los oídos. El pánico me impulsó a alejarme, pero la curiosidad malsana me obligó a seguir. Con las manos temblorosas, abrí aún más la calabaza y vi su interior oscuro y maloliente. Lo primero fue un enmarañado de cabellos sucios y pegajosos que se adherían a la pulpa. Al apartarlos con repulsión, un chorro de pus amarillento brotó de una cavidad, y me ensució el delantal. Mi estómago se revolvió, pero no podía parar, no podía apartar la mirada. Dentro, entre las fibras descompuestas, asomaban lo que parecían ser órganos de formas grotescas, deformados, pulsantes, con un ritmo lento y antinatural.

No podía más. Intenté mantener la compostura y salí a examinar las berenjenas. Me invadió el horror al abrirlas y descubrir que dentro había un macabro festín de diminutos dientes afilados. Los repollos, por su parte, exhibían venas palpitantes que se movían entre sus hojas, como si algo nauseabundo latiera en su interior.

Con los nervios a flor de piel, retrocedí hacia la casa y estuve a punto de caerme al tropezar con los tallos de calabaza, que se habían extendido mucho más allá de sus límites habituales. Fue entonces cuando noté algo aún más aterrador: el suelo bajo mis pies se sentía extrañamente blando y cálido, como si pisara carne viva. Con el corazón acelerado, me di cuenta de que el jardín entero vibraba, respiraba, como un organismo gigante. ¿Cuándo había pasado esto? ¿Cómo no me había dado cuenta?

Con cada paso que daba, el jardín se volvía más siniestro. Las plantas que antes cuidaba, ahora se alzaban amenazantes, retorcidas en formas imposibles. Las flores mostraban pétalos oscuros, abiertos en una mueca que recordaba a bocas hambrientas. Los tallos se habían vuelto gruesos y llenos de espinas, y serpenteaban por el suelo y los muros. Todo a mi alrededor exudaba una abundancia dantesca, una vitalidad enferma que parecía engullir todo lo que podía.

Corrí hacia el patio de Puri. Pero cuando estaba a punto de llegar, el suelo comenzó a hundirse bajo mis pies, a succionarme. Luché con todas mis fuerzas y logré descalzarme de una bota, lo que me hizo caer al suelo.

Algo a escasos centímetros de mi cara hizo que mi respiración se detuviera por completo. Entre las hojas y apenas visible en la tierra, emergía una cabeza humana. Con un nudo en el estómago, reconocí el cabello gris y rizado de Puri. Sus ojos, abiertos y vidriosos, me lanzaban una mirada vacía y helada. Raíces podridas se enredaban en su boca, desgarrando sus encías y deformando su rostro en una mueca de horror perpetuo. No podía comprender cómo estaba tan descompuesta, con la piel pálida, como si hubiera estado enterrada durante semanas. El jardín la había drenado, y ahora parecía dispuesto a hacer lo mismo conmigo.

Grité, pero mi voz se perdió entre los crujidos de las plantas que se movían a mi alrededor. Los tallos se enredaron en mis piernas, y me arrastraron hacia las profundidades de la tierra. En un último y desesperado intento, estiré el brazo hacia la cabeza de Puri, agarré su cabello y lo usé como punto de apoyo para salir.

Pero fue inútil. Su pelo se desprendió de su cuero cabelludo con un sonido húmedo y repugnante. Me quedé con un mechón gris en la mano mientras me hundía más. El cielo se desvanecía poco a poco sobre mi cabeza, y las raíces y plantas comenzaron a deslizarse dentro de mi boca, arrastrando consigo la tierra pútrida. Sentí cómo se introducían en mi garganta y me sofocaban. Luego, todo se volvió negro.

Ya sabía yo que se me daban mal las plantas.



El show de Ethan

 


Siempre me han encantado estos dibujos. Desde la primera vez que mis mamis me compraron la cinta en ese mercadillo y la pusieron en la tele, que no he podido parar de mirarlos. Tienen colores muy bonitos. Está Ethan, es un niño, como yo. Mami Becca dice que tenemos la misma edad. Su mejor amiga es la conejita Vicky. Me gusta Vicky. Es mi favorita. Tiene unos ojos verdes muy grandes y unas orejas peluditas, justo como mi peluche.

— Chicos, ¿me podéis ayudar a encontrar la zanahoria que ha perdido Vicky? —no respondo—. ¿Chicos? Oye, tú, ¿por qué no me…?

Mami Liz ha pausado la cinta.

— Venga, campeón, es hora de ir al cole.

— Pero, mami, ¡Ethan necesitaba mi ayuda!

— ¡Eso te pasa por comprarle al niño tus frikadas antiguas, Liz! — grita mami Becca desde la cocina—. Venga, peque, seguro que Ethan podrá encontrar solo esa zanahoria. Ahora, a ponerse los zapatos.

Cojo el mando. Ethan parpadea. Me despido con la mano y apago la tele.


Todo se vuelve negro.

— Imbécil de mierda, has tenido suerte que han pausado el cacharro.

— Lo… lo siento, Vicky, no volverá a pasar.

— Eso espero.

Se va. Yo me quedo ahí. Tiemblo. Miro la pantalla donde antes estaba ese niño. Ahora no se ve nada. Cierro los ojos. Me siento y abrazo mis rodillas.

Hace tanto tiempo que soy Ethan que ya no recuerdo quién era antes, solo que de repente un día desperté atrapado en este cuerpo de dibujos animados. Las risas enlatadas resuenan en mis oídos como un eco y las aventuras coloridas que vivo se sienten cada vez más como pesadillas disfrazadas. ¿Quién era yo antes de convertirme en Ethan? Siento que mi cuerpo real se pudre en algún lugar mientras yo estoy aquí encerrado. ¿Y si nunca puedo escapar de este sitio? ¿Y si Ethan es todo lo que seré para siempre? Las sonrisas forzadas y la alegría fingida parecen una cárcel, y cada respuesta tardía que me da ese niño es un recordatorio de que mi vida real está condenada, prisionera, en algún lugar más allá de este mundo, mientras que mi alma se desvanece lentamente en esta oscuridad.


Después de volver de clase y hacer los deberes, mis mamis me dejan ver mis dibujos favoritos. La canción de entrada empieza a sonar.

— ¡Buenos días, niños! — silencio — He dicho, ¡Buenos días, niños!

— ¡Buenos días, Ethan! — grita mami Becca mientras hace la cena. — Tienes que responder al pobre Ethan, cariño. ¿Verdad que a ti no te gusta que no te respondan cuando hablas?

— Es verdad… — eso me hace sentir triste — Lo siento, Ethan, buenos días.

— En el programa de hoy, vamos a aprender los colores con objetos cotidianos. Por ejemplo, ¿me sabríais decir de que color es la zanahoria de Vicky? — no digo nada. Me gusta más hablar con Vicky. Ethan abre mucho los ojos — ¿me «sabrías» decir de que color es la zanahoria de Vicky?

Vicky aparece. Adoro a Vicky.

— ¡Hola niños! Como ya habéis oído decir a Ethan, ¿sabéis de que color es mi zanahoria? ¿De cuál de estos tres colores es mi zanahoria: verde, naranja o roja?

— ¡Naranja, Vicky! ¡Es naranja! — grito súper contento.

Oh, Ethan parece enfadado, se ha cruzado de brazos.

— ¡Muy bien chicos! — responde Vicky — Ethan tiene que ir a ayudar a Charlie el puercoespín a frotarse la espalda. Así que despedíos de él que vamos a continuar.


Salgo de la zona iluminada sin un solo adiós. Oigo de fondo como el niño y Vicky inician una conversación animada sobre el color del cielo, del césped, de las manzanas, y de otros dibujos que hay en esta realidad.

No logro entender por qué no me responde. Tengo que cumplir con mi papel o Vicky me va a volver a castigar. De momento me ha echado del foco con la excusa de frotarle la espalda a un personaje que ni siquiera existe. Tengo miedo de lo que va a hacer cuando el niño apague la tele.

Desde que estamos aquí todo han sido mandatos de Vicky. En el vacío ella no era tan autoritaria. Me dejaba campar a mis anchas. Incluso era maja a veces. Pero en cuanto se encendió aquel rectángulo, la pantalla, las cosas cambiaron de forma drástica. Ese día vi formas. Formas que me recordaban a mi antigua vida. Formas inalcanzables; plagiadas en este mundo de dibujos. Desde entonces, noto que el corazón se me encoge más a cada reproducción. Por un lado, por todo aquello que esa luz me hizo sentir. Por otro, por la manera en la que Vicky me empezó a tratar cuando me enfadaba con los silencios del niño. ¿Qué se suponía que debía hacer? Hasta que no vino el primer castigo, no comprendí cuál era mi papel en este show y, aun así, sigo sin entender por qué tengo que hacerlo. Ya he aprendido que, si me opongo, es peor. A cada error, los castigos aumentan. Son demasiado terribles como para siquiera pensar en ellos. Cada vez temo más lo que pueda suceder en la próxima ocasión si no sigo el guion. ¿Por qué ese niño no me responde, pero sí a ella? Me enfurezco más a cada momento que no lo hace. Por eso no puedo evitar salir de mi papel cuando él no me habla. No sé el motivo. Solo sé que una parte de mí necesita ser escuchado. Llevo tanto tiempo solo con mi propia voz, que ahora que puedo oír la de otra persona, no me la dirige a mí. ¿Por qué no me habla? ¿Por qué no quiere ser mi amigo? ¿Acaso no soy suficiente para él? ¿Acaso se cree mejor que yo?

Las voces han cesado. La música de los créditos empieza a sonar y, a los pocos segundos, todo se vuelve negro. Otra vez.

El sonido de patas sobre césped acercarse me acelera el pulso.

— ¡Ethaaan! ¿Dónde estás, mocoso de mierda? Esta vez la has cagado, pero bien.


No tengo sueño. Las luces del pasillo se han apagado hace rato. Mis mamis duermen, escucho los ronquidos de mami Becca desde aquí. Bajo de la cama y voy de puntillas al salón.

La casa de noche me da un poco de miedo. Está todo oscuro. Solo se escucha el reloj. Me subo al sofá para estar seguro. Me tapo con la manta.

La tele se enciende. El mando está en la mesita. ¿Cómo ha pasado?

— Hola pequeño, ¿no puedes dormir?

Es Ethan. Lo miro. Sus ojos son distintos. Los tiene más abiertos. Está muy cerca. No me gusta.

— ¿No me oyes niño? Te he preguntado si no puedes dormir.

— N-no, no puedo. ¿Do-dónde está Vicky?

Se cruza de brazos. Parece que hace eso cuando se enfada.

— ¿Por qué te importa tanto? Vicky no está ahora. Estoy yo.

Ethan da miedo. Pero debo ser valiente, como mis mamis me han enseñado. Aparto la manta y me levanto. Cojo la caja.

— Eh, niño, ¿qué es eso que llevas en la mano? ¿Cómo? No puede ser… ¿Dónde vas ahora? ¿Qué vas a hacer? ¡Estate quieto! ¡He dicho que te estés quito, joder!

Algo me ha agarrado.


Paseo por el vacío. Lo hago siempre que me cuesta dormir. Vicky está roncando, abrazada a su zanahoria. Estará cansada, después del castigo de esta tarde. Así, tumbada, parece incluso inofensiva.

Llego al prado. Desde ahí se ve el rectángulo muy bien. Veo una sombra que corre a oscuras hacia el sofá. Me acerco. Es el niño. Parece de noche, tendría que estar en la cama. Doy un par de pasos más para verlo mejor. Jamás había estado tan cerca de la pantalla. Al posar mis manos sobre esta, se enciende.

El niño me mira. Tiene cara de asustado. Voy a tratar de calmarle.

— Hola pequeño, ¿no puedes dormir?

Hace como siempre. Se queda ahí, sin moverse, sin responder. Aprieto los puños. Tengo que tranquilizarme. Inspiro e intento poner una cara más amigable, con los ojos un poco más abiertos.

— ¿No me oyes niño? Te he preguntado si no puedes dormir.

— N-no, no puedo. ¿Do-dónde está Vicky?

Otra vez con Vicky. Pero, ¿qué tendrá ella que no tenga yo? Yo soy igual de majo que ella, y también sigo mi papel. La única diferencia es que este niño a mí no me responde.

— ¿Por qué te importa tanto? Vicky no está ahora. Estoy yo. — Seguro que si ve que esa malnacida no puede hablar con él, lo hará conmigo.

Otra vez silencio.

Veo como el niño se levanta y agarra una caja.

— Eh, niño, ¿qué es eso que llevas en la mano?

Veo la carátula. Hay un dibujo de la coneja. Está ella sola, son su zanahoria. Pone «El Show de Vicky».

— ¿Cómo? No puede ser…

Yo no estoy. No lo entiendo, no es posible. Yo soy el protagonista. ¿Por qué coño no aparezco en la portada?

Se mueve.

— ¿Dónde vas ahora? ¿Qué vas a hacer?

Se acerca al reproductor. Mi pulso se acelera. Me va a desconectar.

— ¡Estate quieto! — No me hace caso, su dedo está a escasos centímetros del botón. — ¡He dicho que te estés quito, joder!

Alargo la mano y tiro de él.


Abro los ojos. Miro hacia abajo. Mis manos son distintas. Parecen hechas con lápices de colores. Me gustan. Son bonitas. A lo lejos veo unas orejas largas y peludas que se acercan. Subo el brazo y saludo con una sonrisa enorme.

— ¡Vicky! ¿Eres tú? ¡Eres mi personaje favorito! Me encantan tus ojitos y, ¿sabes qué?, te pareces mucho a mi pe…

— Cierra la puta boca imbécil. No me parezco a nada que recuerdes.

— Recordar… yo… yo soy…

— Eres Ethan, chaval, aprende el guion o vamos a tener problemas, ¿lo entiendes?

— Pe-pero yo… mis mamis…

— ¿Ves ahí a lo lejos? — señala un rectángulo muy grande. En él hay un niño. Me resulta familiar. Sonríe. Me mira. Da miedo. — Pues tienes que actuar para tu público, así que deja de lloriquear y haz tu jodido papel, o si no ya sabes lo que te toca.


Veo al dibujo animado mirarme, con una lágrima que resbala por su mejilla.

— Adiós, Ethan — apago la tele, saco la cinta del reproductor y la tiro por la ventana.