Con los dedos temblorosos, agarró ese pomo de un color cobrizo y lo
giró lentamente, temiendo lo que podía haber al otro lado de esa gran masa de
madera muerta y que nunca volvería a dar vida. El pestillo ya no tenía contacto
con la pared y la puerta se podía abrir. Con la mano, casi pálida del miedo, la
empujó sin dejar de tocarla. Del roce contra el suelo, se oyó un chirrido típico de las películas de terror.
No. Eso era peor.
Cuando se abrió del todo, registró con la vista toda la sala. Primero
a la izquierda; un ventanal gigante se alzaba ante él. Era rojo, del color de
la sangre que temía perder. Después a su derecha; una mesa blanca, de color hueso.
Por encima varios artilugios: una regla, un ordenador, una carpeta… todos
servían para lo que le asustaba, el dolor. La silla negra permanecía a su lado,
fiel como un perro que tiene conocimiento sobre la vida. Esa silla se parecía a
su antiguo yo.
Caminó por el suelo de parqué, que hacía sonar mucho más fuerte sus
zapatos de lo que en realidad tenían que sonar. Por esa superficie había juegos
de niños. Por las paredes de color de sangre diluida, había también pizarras
con dibujos infantiles.
Miró más adelante, hacia la izquierda. La chimenea estaba encendida.
Probablemente en esa estancia había otra persona. Un sudor frío bajaba por su
cuerpo, recorriéndole cada milímetro de la piel.
Observó que no había cambiado nada. La mesa en la que había hecho
tantas fiestas con la familia aún estaba allí. Las cuatro sillas que la
rodeaban eran de colores diferentes, pero aún así tristes. Se sentó en la más lejana a él y observó lo que había sido
su hogar.
En la encimera rojiza que se extendía detrás de él ya no había nada de
lo que tenía en mente. Justo al lado de ese espacio, había un par de cubos con
agua. Supuso que para hacer la colada. Se levantó y fue hacia la cocina que
estaba mirando. A su izquierda descansaba su colección de piedras volcánicas.
Nadie las había tocado.
No hizo caso de los otros elementos de la habitación porque una voz le
perturbó. Justo detrás de él, una niñita de unos once años apareció. Su pelo
rubio y rizado le llegaba hasta la cintura. Llevaba puesto unos pantalones
cortos y unas medias, acabadas con unas zapatillas de conejitos. Su camiseta
era infantil, pero ella no lo parecía. Tenía una mirada adulta y penetrante.
- Buenos días papá, hacía
tiempo que no nos veíamos - lo dijo con una sonrisa en la cara, pero se
notaba que tenía odio dentro. - ¿Por qué no me ayudas a preparar la comida?
Mamá está durmiendo aun en la cama.
No podía ser. Después de tanto tiempo seguía allí, como si nada.
La pequeña caminó hasta un armario de debajo la encimera y cogió un paquete de
arroz.
- Charity, amor ¿por qué no vamos a ver a mamá?
Seguro que se alegra de verme- el sudor le seguía
bajando por el cuerpo. Tenía que encontrar a su mujer.
La niña, sin decir nada, le cogió la mano a su padre y se lo
llevó por la puerta la cual había entrado, la de al lado de la cocina. Cuando
llegaron al dormitorio, a él le empezaron a caer lágrimas, una a una. Encima
del colchón con sábanas llenas de un asqueroso moho estaba su esposa. Estaba
descasando pero no dormida. Su cuerpo estaba muerto des de hace ¿semanas,
meses? No se podía saber sin una visión médica. Hacía mucho hedor de podrido.
Muerta, allí, sola. Y su hija ni siquiera se había enterado o no quería
hacerlo.
- Papá ¿quieres estirarte con mamá? Seguro que
eso la hace muy feliz.
- Claro cariño. - Se tumbó tembloroso junto a ese cadáver -¿quieres venir tú?
- No gracias, yo sola estoy bien. Pronto estarás
con mamá.


