domingo, 4 de mayo de 2014

No siempre es bueno volver




Con los dedos temblorosos, agarró ese pomo de un color cobrizo y lo giró lentamente, temiendo lo que podía haber al otro lado de esa gran masa de madera muerta y que nunca volvería a dar vida. El pestillo ya no tenía contacto con la pared y la puerta se podía abrir. Con la mano, casi pálida del miedo, la empujó sin dejar de tocarla. Del roce contra el suelo, se oyó  un chirrido típico de las películas de terror. No. Eso era peor.
Cuando se abrió del todo, registró con la vista toda la sala. Primero a la izquierda; un ventanal gigante se alzaba ante él. Era rojo, del color de la sangre que temía perder. Después a su derecha; una mesa blanca, de color hueso. Por encima varios artilugios: una regla, un ordenador, una carpeta… todos servían para lo que le asustaba, el dolor. La silla negra permanecía a su lado, fiel como un perro que tiene conocimiento sobre la vida. Esa silla se parecía a su antiguo yo.
Caminó por el suelo de parqué, que hacía sonar mucho más fuerte sus zapatos de lo que en realidad tenían que sonar. Por esa superficie había juegos de niños. Por las paredes de color de sangre diluida, había también pizarras con dibujos infantiles.
Miró más adelante, hacia la izquierda. La chimenea estaba encendida. Probablemente en esa estancia había otra persona. Un sudor frío bajaba por su cuerpo, recorriéndole cada milímetro de la piel.
Observó que no había cambiado nada. La mesa en la que había hecho tantas fiestas con la familia aún estaba allí. Las cuatro sillas que la rodeaban eran de colores diferentes, pero aún así tristes. Se sentó en la  más lejana a él y observó lo que había sido su hogar.
En la encimera rojiza que se extendía detrás de él ya no había nada de lo que tenía en mente. Justo al lado de ese espacio, había un par de cubos con agua. Supuso que para hacer la colada. Se levantó y fue hacia la cocina que estaba mirando. A su izquierda descansaba su colección de piedras volcánicas. Nadie las había tocado.
No hizo caso de los otros elementos de la habitación porque una voz le perturbó. Justo detrás de él, una niñita de unos once años apareció. Su pelo rubio y rizado le llegaba hasta la cintura. Llevaba puesto unos pantalones cortos y unas medias, acabadas con unas zapatillas de conejitos. Su camiseta era infantil, pero ella no lo parecía. Tenía una mirada adulta y penetrante.
- Buenos días papá, hacía tiempo que no nos veíamos - lo dijo con una sonrisa en la cara, pero se notaba que tenía odio dentro. - ¿Por qué no me ayudas a preparar la comida? Mamá está durmiendo aun en la cama.
No podía ser. Después de tanto tiempo seguía allí, como si nada. La pequeña caminó hasta un armario de debajo la encimera y cogió un paquete de arroz.
- Charity, amor ¿por qué no vamos a ver a mamá? Seguro que se alegra de verme- el sudor le seguía bajando por el cuerpo. Tenía que encontrar a su mujer.
La niña, sin decir nada, le cogió la mano a su padre y se lo llevó por la puerta la cual había entrado, la de al lado de la cocina. Cuando llegaron al dormitorio, a él le empezaron a caer lágrimas, una a una. Encima del colchón con sábanas llenas de un asqueroso moho estaba su esposa. Estaba descasando pero no dormida. Su cuerpo estaba muerto des de hace ¿semanas, meses? No se podía saber sin una visión médica. Hacía mucho hedor de podrido. Muerta, allí, sola. Y su hija ni siquiera se había enterado o no quería hacerlo.
- Papá ¿quieres estirarte con mamá? Seguro que eso la hace muy feliz.
- Claro cariño. - Se tumbó tembloroso junto a ese cadáver -¿quieres venir tú?
- No gracias, yo sola estoy bien. Pronto estarás con mamá.

viernes, 28 de marzo de 2014

La metamorfósis



   Miré hacia al espejo. Reflejado había un cuerpo esbelto recubierto de unos tejanos estrechos y una camiseta de manga corta entallada. Des de arriba brotaba una melena larga y rojiza como la sangre que llegaba hasta la cintura. Tocando al suelo, unos zapatos de tacón del mismo color que el pelo.
   Un susurro monótono invadió la estancia. No estaba sola, allí había alguien más. Empecé a caminar alrededor de la habitación y me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido vagamente audible para un ser humano. Pero yo lo oí. El pobre animalito había quedado atrapado en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa superficie. Cogí la trampa con él dentro y lo solté con la mala suerte de que el pequeño me mordió la mano dejando gotear unas pequeñas burbujas coaguladas de mi sangre al suelo, las cuales lamió al caer allí. Corrí rápidamente hasta el botiquín del baño para sanarme la herida. Cuando llegué, intenté abrir la puertita alargando el brazo pero no pude.
   Miré. Mis manos ya no eran mis manos, eran pequeños dedos arrugados y rosas con unas uñas alargadas pero poco afiladas en las puntas. Reseguí mis brazos con la vista. Eran cortos y recubiertos por un pelo grisáceo y grueso. Miré hacia delante para intentar encontrar alguna señal que me dijera que eso era un sueño, pero no lo era. Había una gran superficie de azulejos del baño delante de mi pequeña cabeza. Encima de ella, había dos grandes ovales de un cartílago blando y peludo. Todo se agudizó. Mi tacto con el suelo era más notable y cada vez oía más cosas. Escuché al pequeño ratón al que había salvado. Pero la voz ya no provenía de ése ser, provenía de mí.
   Corrí con mis patitas hasta el comedor siguiendo mis instintos famélicos. Por el suelo había un trozo de queso. Lo olí antes de verlo. Cuando llegué hasta él lo cogí, lo cacheé con mi nariz y me lo tragué sin respirar siquiera.
   Gracias a mis grandes pabellones, escuché unos pasos fuertes de unos zapatos de tacón. Miré hacia delante. A parte de ver mi gran nariz, vi el color de aquel calzado: rojo. Alcé cada vez más la vista. Primero unos tejanos estrechos, después, una camiseta de manga corta entallada y, al final, el nacimiento de una cabellera del color de la sangre. Era yo, mi antiguo cuerpo antes de tener esa peluda y esquelética forma. Grité con todas mis fuerzas intentar articular palabras para que ese bicho asqueroso me devolviera mi figura, pero no salió más que un chillido agudo y escalofriante de ese hocico ratonil.
   La cara tan antes conocida en el espejo de la esquina de la habitación ahora me era irreconocible. Había maldad en ella. Pero no era una maldad humana, era una maldad salvaje, como aquellas caras de los documentales de animales, cuando el depredador se va a lanzar sobre la presa.
   Tuve miedo. Mis pequeñas patitas estaban temblando, mis ojos inyectados en sangre ya no respondían, solo la podían mirar a ella, a mí. Empezó a acercarse a su antiguo cuerpo, lo cogió y, con un instinto aún animal, mordió la cola. Sentí un dolor profundo pero a la vez librante. Me vi al espejo de la esquina con esos tacones y tejanos nuevos, noté otra vez la sensación de que me mordían la mano, de tener después unos grandes oídos y unos dientes largos saliendo de mi encía superior, de verme a mí misma otra vez y sentir otra vez el dolor de la muerte que venía a por mí.
   Un susurro monótono invadió la estancia. Me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido vagamente audible para un ser humano. El pobre animalito había quedado atrapado en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa superficie.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La vela


No podía más. La puerta entreabierta de la habitación de al lado no paraba de tentarle para a ir a ver lo que estaba pasando. Los gritos de sus padres discutiendo por lo mismo de siempre eran cada vez más altos y la abrumaban. Tenía que salir de esa casa.
Cogió el candelabro con la media vela ya gastada por el tiempo y pensó en la irónica realidad en la que estaba viviendo.  Ella era esa vela consumida por el fuego, que la vida le proporcionaba, acechada por el miedo de ser apagada con un solo soplo.
La noche estaba al caer, pero necesitaba alejarse de ese dolor que le producían esas continuadas discusiones. Se puso sus zapatos, los que usaba los domingos para ir a la iglesia y, con un paso ligero para que no se dieran cuenta  sus padres, fue hacia la puerta de entrada, donde giró poco a poco el pomo con un silencio sepulcral.
Al fin, salió de esa casa. Cerró la puerta con cautela y miró la fachada de la que había sido su casa, y de la que esperaba que no volviera a serlo. Nunca la había visto tan pequeña. Supuso que era porque en verdad, nunca se había parado a mirarla.
En las ocasiones en que se sentía así, agobiada, abrumada, asustada por el miedo de perder alguna cosa que aún no había encontrado, se iba al cementerio de la ciudad donde yacía en paz (según el epitafio) su abuela desde 1809, cuando ella solo tenía cuatro años.
Recordaba que su abuela le explicaba cuentos de bestias que vivían debajo de las casas o de espíritus de personas que no habían vivido bien su vida, que tenían que vivirla de alguna manera, aunque fuera vivirla estando muerto porque habían hecho justo lo contrario antes de ser enterrados para la eternidad solitaria.
Empezó a caminar por el camino lleno de piedras pequeñas. Se le iban clavando en los zapatos mientras las pisaba. La puerta del cementerio la sacó de sus pensamientos. El sol se había escondido. La luna ya ascendía hasta su lugar, donde podía contemplar las desgracias de los demás. Abrió la puerta lentamente y entró dejando un chirrido espantoso detrás de sí.
Era otoño y las hojas de los árboles habían caído. Estaban secas, como los cadáveres que estaban debajo de ellas. Dio un paso; las hojas crujieron. Otro más; esta vez no hubo respuesta, el suelo estaba mojado. Se le hundió el zapato en barro. Lo sacó mugriento. Su madre la iba a matar pero eso ya le daba igual. No la volvería a ver.
Prosiguió su camino. Iba alumbrando con la vela ya casi gastada todas las tumbas, leyendo los epitafios de los muertos. Le divertían algunos. “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto. Se ha metido demasiado en el papel.” Se rió en voz alta. Eso provocó un fuerte ruido de un pájaro asustado volando hacia otro árbol, lejos de ella. Hoy no le salía nada bien.
Al fin, llegó hacia la tumba de su abuela. Su epitafio era de los pocos que no le hacían gracia. "Aquí yace Prudence, siempre te llevaremos en nuestro corazón.” Era verdad. Se sentó encima. Se estuvo unos minutos pensando en su abuela. Se estiró, dejando la vela delante de ella para no ver la oscuridad, le asustaba demasiado. Cerró los ojos. Se quedó dormida.
La vela se apagó.
Su vida también.
Abrió los ojos. Por fin, después de once años, se reencontraron.
- ¿Abuela?
- Sí, hijita. Por fin estás a salvo mi pequeña. Ven conmigo. Te tengo que enseñar un sitio precioso.
- ¿Dónde vamos?
- No lo veo. La vela se ha apagado. Aquí solo hay oscuridad.