Miré hacia al espejo. Reflejado
había un cuerpo esbelto recubierto de unos tejanos estrechos y una camiseta de
manga corta entallada. Des de arriba brotaba una melena larga y rojiza como la
sangre que llegaba hasta la cintura. Tocando al suelo, unos zapatos de tacón
del mismo color que el pelo.
Un susurro monótono invadió la estancia. No estaba sola, allí había alguien más. Empecé a caminar alrededor de la habitación y me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido vagamente audible para un ser humano. Pero yo lo oí. El pobre animalito había quedado atrapado en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa superficie. Cogí la trampa con él dentro y lo solté con la mala suerte de que el pequeño me mordió la mano dejando gotear unas pequeñas burbujas coaguladas de mi sangre al suelo, las cuales lamió al caer allí. Corrí rápidamente hasta el botiquín del baño para sanarme la herida. Cuando llegué, intenté abrir la puertita alargando el brazo pero no pude.
Un susurro monótono invadió la estancia. No estaba sola, allí había alguien más. Empecé a caminar alrededor de la habitación y me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido vagamente audible para un ser humano. Pero yo lo oí. El pobre animalito había quedado atrapado en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa superficie. Cogí la trampa con él dentro y lo solté con la mala suerte de que el pequeño me mordió la mano dejando gotear unas pequeñas burbujas coaguladas de mi sangre al suelo, las cuales lamió al caer allí. Corrí rápidamente hasta el botiquín del baño para sanarme la herida. Cuando llegué, intenté abrir la puertita alargando el brazo pero no pude.
Miré. Mis manos ya no eran mis
manos, eran pequeños dedos arrugados y rosas con unas uñas alargadas pero poco
afiladas en las puntas. Reseguí mis brazos con la vista. Eran cortos y
recubiertos por un pelo grisáceo y grueso. Miré hacia delante para intentar encontrar
alguna señal que me dijera que eso era un sueño, pero no lo era. Había una gran
superficie de azulejos del baño delante de mi pequeña cabeza. Encima de ella, había
dos grandes ovales de un cartílago blando y peludo. Todo se agudizó. Mi tacto
con el suelo era más notable y cada vez oía más cosas. Escuché al pequeño ratón
al que había salvado. Pero la voz ya no provenía de ése ser, provenía de mí.
Corrí con mis patitas hasta el
comedor siguiendo mis instintos famélicos. Por el suelo había un trozo de
queso. Lo olí antes de verlo. Cuando llegué hasta él lo cogí, lo cacheé con mi
nariz y me lo tragué sin respirar siquiera.
Gracias a mis grandes pabellones,
escuché unos pasos fuertes de unos zapatos de tacón. Miré hacia delante. A
parte de ver mi gran nariz, vi el color de aquel calzado: rojo. Alcé cada vez
más la vista. Primero unos tejanos estrechos, después, una camiseta de manga
corta entallada y, al final, el nacimiento de una cabellera del color de la
sangre. Era yo, mi antiguo cuerpo antes de tener esa peluda y esquelética
forma. Grité con todas mis fuerzas intentar articular palabras para que ese
bicho asqueroso me devolviera mi figura, pero no salió más que un chillido
agudo y escalofriante de ese hocico ratonil.
La cara tan antes conocida en el
espejo de la esquina de la habitación ahora me era irreconocible. Había maldad
en ella. Pero no era una maldad humana, era una maldad salvaje, como aquellas
caras de los documentales de animales, cuando el depredador se va a lanzar
sobre la presa.
Tuve miedo. Mis pequeñas patitas
estaban temblando, mis ojos inyectados en sangre ya no respondían, solo la
podían mirar a ella, a mí. Empezó a acercarse a su antiguo cuerpo, lo cogió y,
con un instinto aún animal, mordió la cola. Sentí un dolor profundo pero a la
vez librante. Me vi al espejo de la esquina con esos tacones y tejanos nuevos,
noté otra vez la sensación de que me mordían la mano, de tener después unos
grandes oídos y unos dientes largos saliendo de mi encía superior, de verme a
mí misma otra vez y sentir otra vez el dolor de la muerte que venía a por mí.
Un susurro monótono invadió la
estancia. Me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido
vagamente audible para un ser humano. El pobre animalito había quedado atrapado
en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa
superficie.

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