viernes, 28 de marzo de 2014

La metamorfósis



   Miré hacia al espejo. Reflejado había un cuerpo esbelto recubierto de unos tejanos estrechos y una camiseta de manga corta entallada. Des de arriba brotaba una melena larga y rojiza como la sangre que llegaba hasta la cintura. Tocando al suelo, unos zapatos de tacón del mismo color que el pelo.
   Un susurro monótono invadió la estancia. No estaba sola, allí había alguien más. Empecé a caminar alrededor de la habitación y me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido vagamente audible para un ser humano. Pero yo lo oí. El pobre animalito había quedado atrapado en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa superficie. Cogí la trampa con él dentro y lo solté con la mala suerte de que el pequeño me mordió la mano dejando gotear unas pequeñas burbujas coaguladas de mi sangre al suelo, las cuales lamió al caer allí. Corrí rápidamente hasta el botiquín del baño para sanarme la herida. Cuando llegué, intenté abrir la puertita alargando el brazo pero no pude.
   Miré. Mis manos ya no eran mis manos, eran pequeños dedos arrugados y rosas con unas uñas alargadas pero poco afiladas en las puntas. Reseguí mis brazos con la vista. Eran cortos y recubiertos por un pelo grisáceo y grueso. Miré hacia delante para intentar encontrar alguna señal que me dijera que eso era un sueño, pero no lo era. Había una gran superficie de azulejos del baño delante de mi pequeña cabeza. Encima de ella, había dos grandes ovales de un cartílago blando y peludo. Todo se agudizó. Mi tacto con el suelo era más notable y cada vez oía más cosas. Escuché al pequeño ratón al que había salvado. Pero la voz ya no provenía de ése ser, provenía de mí.
   Corrí con mis patitas hasta el comedor siguiendo mis instintos famélicos. Por el suelo había un trozo de queso. Lo olí antes de verlo. Cuando llegué hasta él lo cogí, lo cacheé con mi nariz y me lo tragué sin respirar siquiera.
   Gracias a mis grandes pabellones, escuché unos pasos fuertes de unos zapatos de tacón. Miré hacia delante. A parte de ver mi gran nariz, vi el color de aquel calzado: rojo. Alcé cada vez más la vista. Primero unos tejanos estrechos, después, una camiseta de manga corta entallada y, al final, el nacimiento de una cabellera del color de la sangre. Era yo, mi antiguo cuerpo antes de tener esa peluda y esquelética forma. Grité con todas mis fuerzas intentar articular palabras para que ese bicho asqueroso me devolviera mi figura, pero no salió más que un chillido agudo y escalofriante de ese hocico ratonil.
   La cara tan antes conocida en el espejo de la esquina de la habitación ahora me era irreconocible. Había maldad en ella. Pero no era una maldad humana, era una maldad salvaje, como aquellas caras de los documentales de animales, cuando el depredador se va a lanzar sobre la presa.
   Tuve miedo. Mis pequeñas patitas estaban temblando, mis ojos inyectados en sangre ya no respondían, solo la podían mirar a ella, a mí. Empezó a acercarse a su antiguo cuerpo, lo cogió y, con un instinto aún animal, mordió la cola. Sentí un dolor profundo pero a la vez librante. Me vi al espejo de la esquina con esos tacones y tejanos nuevos, noté otra vez la sensación de que me mordían la mano, de tener después unos grandes oídos y unos dientes largos saliendo de mi encía superior, de verme a mí misma otra vez y sentir otra vez el dolor de la muerte que venía a por mí.
   Un susurro monótono invadió la estancia. Me di cuenta de que solo era un ratón que chillaba con un ruido vagamente audible para un ser humano. El pobre animalito había quedado atrapado en una trampa para ratones cuando iba a coger la comida que había en esa superficie.

miércoles, 26 de marzo de 2014

La vela


No podía más. La puerta entreabierta de la habitación de al lado no paraba de tentarle para a ir a ver lo que estaba pasando. Los gritos de sus padres discutiendo por lo mismo de siempre eran cada vez más altos y la abrumaban. Tenía que salir de esa casa.
Cogió el candelabro con la media vela ya gastada por el tiempo y pensó en la irónica realidad en la que estaba viviendo.  Ella era esa vela consumida por el fuego, que la vida le proporcionaba, acechada por el miedo de ser apagada con un solo soplo.
La noche estaba al caer, pero necesitaba alejarse de ese dolor que le producían esas continuadas discusiones. Se puso sus zapatos, los que usaba los domingos para ir a la iglesia y, con un paso ligero para que no se dieran cuenta  sus padres, fue hacia la puerta de entrada, donde giró poco a poco el pomo con un silencio sepulcral.
Al fin, salió de esa casa. Cerró la puerta con cautela y miró la fachada de la que había sido su casa, y de la que esperaba que no volviera a serlo. Nunca la había visto tan pequeña. Supuso que era porque en verdad, nunca se había parado a mirarla.
En las ocasiones en que se sentía así, agobiada, abrumada, asustada por el miedo de perder alguna cosa que aún no había encontrado, se iba al cementerio de la ciudad donde yacía en paz (según el epitafio) su abuela desde 1809, cuando ella solo tenía cuatro años.
Recordaba que su abuela le explicaba cuentos de bestias que vivían debajo de las casas o de espíritus de personas que no habían vivido bien su vida, que tenían que vivirla de alguna manera, aunque fuera vivirla estando muerto porque habían hecho justo lo contrario antes de ser enterrados para la eternidad solitaria.
Empezó a caminar por el camino lleno de piedras pequeñas. Se le iban clavando en los zapatos mientras las pisaba. La puerta del cementerio la sacó de sus pensamientos. El sol se había escondido. La luna ya ascendía hasta su lugar, donde podía contemplar las desgracias de los demás. Abrió la puerta lentamente y entró dejando un chirrido espantoso detrás de sí.
Era otoño y las hojas de los árboles habían caído. Estaban secas, como los cadáveres que estaban debajo de ellas. Dio un paso; las hojas crujieron. Otro más; esta vez no hubo respuesta, el suelo estaba mojado. Se le hundió el zapato en barro. Lo sacó mugriento. Su madre la iba a matar pero eso ya le daba igual. No la volvería a ver.
Prosiguió su camino. Iba alumbrando con la vela ya casi gastada todas las tumbas, leyendo los epitafios de los muertos. Le divertían algunos. “Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto. Se ha metido demasiado en el papel.” Se rió en voz alta. Eso provocó un fuerte ruido de un pájaro asustado volando hacia otro árbol, lejos de ella. Hoy no le salía nada bien.
Al fin, llegó hacia la tumba de su abuela. Su epitafio era de los pocos que no le hacían gracia. "Aquí yace Prudence, siempre te llevaremos en nuestro corazón.” Era verdad. Se sentó encima. Se estuvo unos minutos pensando en su abuela. Se estiró, dejando la vela delante de ella para no ver la oscuridad, le asustaba demasiado. Cerró los ojos. Se quedó dormida.
La vela se apagó.
Su vida también.
Abrió los ojos. Por fin, después de once años, se reencontraron.
- ¿Abuela?
- Sí, hijita. Por fin estás a salvo mi pequeña. Ven conmigo. Te tengo que enseñar un sitio precioso.
- ¿Dónde vamos?
- No lo veo. La vela se ha apagado. Aquí solo hay oscuridad.