martes, 13 de febrero de 2024

Joaquín

relato que empiece con el clima que hace

Era un día lluvioso. El sonido de las gotas impactando contra el cristal de la claraboya era lo único que rompía el silencio.

Bueno, eso y los pocos jadeos que Joaquín emitía mientras seguía luchando aún por su vida.

Yo estaba sentada en el suelo, a los pies de la cama. Rodeaba mis rodillas con el brazo izquierdo y sostenía el cuchillo ensangrentado con la mano del contrario.

— No hagas esfuerzos. Te dolerá más. Joaquín, que no te muevas. En veinte minutos te vas a desangrar por completo, así que no es necesario montar tanto drama, que me vas a manchar la alfombra.

El muy cabrón seguía luchando, y mira que se había tomado clonazepam como para tumbar a un caballo.

— A ver, Joaquín de mi vida. ¿No lo has entendido aún, verdad? — Me levanté y fui hacia él. — Hoy vas a morir. Si te portas bien, va a ser una muerte suave, un poco dolorosa, pero suave. Te quedarás dormidito poco a poco, pero no sufrirás. Ahora, — un grito ahogado salió de su garganta mientras le volvía a clavar el cuchillo en uno de los agujeros que ya le había hecho —, si quieres jugar, por mí adelante.

No era capaz de formar palabras. Solo emitía ruidos parecidos a súplicas.

— ¿La primera opción, entonces? Buen chico.

Me levanté y procuré no ensuciarme las botas con el desastre que ese puto gordo estaba provocando.

— Joder, Joaquín, con la cantidad de azúcar que debes de tener en sangre, tendré que usar un quitamanchas especial.

Fui hasta el fregadero y empecé a limpiar a Emma. Así es como llamaba a mi arma favorita. El capullo este se pensaba que le iba a presentar a otra puta cuando le hablé de ella. Casi, casi, casi rompí el papel de chica buena al reírme. Suerte que no pasó, o si no hubiera tenido que drogarlo y matarlo en el bar directamente. Hubiera sido una tocada de cojones, la verdad.

Miré cómo las gotas de sangre mezcladas con agua y jabón se deslizaban por el precioso cuerpo de Emma. Joder, era un espectáculo igual de bonito que mirar al tragaluz un día lluvioso como el de hoy. ¡Qué coño, igual no, era incluso más bonito!

Otro gemido salió de su garganta.

— A ver, Joaquín, ¿pero no ves que estoy intentando apreciar los pequeños momentos que me regala la vida? — Suspiré. — ¿Qué mierdas quieres ahora?

Me giré para verle. Se estaba arrastrando hacia la puerta del loft. Suspiré otra vez.

— Joaquín, Joaquín, Joaquín, ¿pero no ves que está cerrada? ¿De verdad te piensas que soy tan estúpida como para no haber pasado la llave justo antes de darte la copa con la droga? — Chasqueé la lengua varias veces en forma de desaprobación. — Mira, hoy me siento generosa. Vamos a hacer una cosa: si cooperas, te contaré quién me ha contratado para que te mate, ¿qué te parece?

Los ojos del gordo se abrieron de par en par.

— ¿Es que acaso pensabas que hacía esto por gusto, Joaquín? — me reí con fuerza. — Como si no tuviera nada más que hacer un puto miércoles por la noche, que salir a un bar de mala muerte petado de ricachones asquerosos y putas vestidas de niñas de quince años. No me jodas, Joaquín.

Dejé a Emma con delicadeza sobre el escurreplatos y me dirigí hacia esa masa de carne ensangrentada. Le agarré de la barbilla para que me mirara a los ojos.

— Pues mira, Joaquinín, la persona que me ha contratado no es ni más ni menos que tu hija — sus ojos se hicieron más grandes aún. — No te creas que le he hecho muchas preguntas tampoco, ¿eh? Tan solo me dejó un mensaje con el quién, el dónde y el cuándo. Junto a, obviamente, una gran suma de dinero para cuando haya cumplido el trabajo. ¿Sabes? Es muy triste que tu niñita sepa qué antros frecuentas, teniendo en cuenta que además tiene la misma edad que la que intentan aparentar sus… vamos a llamarlas empleadas.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, puso cara de confusión.

— ¿Qué te pasa, Joaquín? ¿Intentas decirme algo?

Me hizo señas con una de sus manos atadas a la espalda.

— ¿Tu cartera? Oh, entiendo, ¿quieres darme más dinero que tu hija para que no te mate? Pero bueno, Joaquín, eres todo un hombre de negocios. ¿De qué cantidad estaríamos hablando exactamente?

Metí la mano en su pantalón y saqué el fajo de billetes que había dentro.

— A ver, cien, ciento cincuenta, doscientos, … Uh, quinientos, y otros quinientos… Vaya, vaya, Joaquín. Pero si con todo ese dinero, debes de llevar encima más de diez mil. ¿No te explicó mamá que así mujeres malas se intentarían aprovechar de ti? “Es que me han robado, es que me han robado” — solté con tono burlón, subiendo las manos para enfatizar la mofa. — Pues claro que te han robado, inútil. ¿No ves que lo estás pidiendo a gritos enseñando tanto billete?

Me levanté y dejé el dinero encima de la mesita de noche. Puse mis pensamientos en orden. Si lo dejaba con vida, su vástaga no me iba a pagar lo prometido. Pero, por otro lado, ya tenía el dinero del gordo, y dudo que me lo pudiera arrebatar a esas alturas. Era el plan perfecto, me quedaba con más del doble por no hacer nada extra.

— Lamentablemente, Joaquín, tengo que informarte que no te voy a poder salvar — soltó un gruñido. — No te lo tomes a mal, hombre, no es nada personal. Eres el mejor postor, eso está claro, pero eso tu hija no tiene por qué saberlo. Más dinero para mí, y todos contentos. Bueno, menos tú, pero son daños colaterales ineludibles.

— Yo…

— ¡Joaquín! ¡Si incluso aún puedes hablar y todo! Pero qué grata sorpresa. Dime, corazón, ¿cuáles quieres que sean tus últimas palabras?

— Yo… no…

— ¡Tú puedes, Joaquín! ¡Ánimo!

— Yo no me llamo Joaquín… yo soy… Gustavo.

— Mierda.


En el metro

 

relato corto (500 max) de terror y persecución
con final abierto, pero no inconcluso

Salí del vagón. Hacía frío. Estaba claro que no había escogido bien mi conjunto para aquella noche. Era el cumpleaños de Bea y nos había pedido que nos vistiéramos bien guapas. Total, ¿para qué? ¿Para acabar a las tres de la mañana en un bar de mierda donde los tíos solo querían arrimar cebolleta y las chicas perreaban a todo dios? Tendría que haberme quedado en casa, tranquila, con los gatos. Pero no, ahí estaba, con un trozo de vestido manchado del vómito y a falta de unas escaleras automáticas y diez manzanas para llegar a casa.

Mis tacones resonaban por el andén vacío. Era una sensación extraña. Sentía tranquilidad, pero a la vez incomodidad, como aquellas imágenes que corren por Reddit de los liminal spaces. No es normal que un sitio tan concurrido esté ahora sin un alma.

Sentí un escalofrío mientras subía las escaleras automáticas. Me giré. Había un hombre que me sacaba unos treinta años. Antes no estaba. Debía de haber aparecido por la otra entrada del andén. Si era así, ¿por qué se dirigía hacia mí y no esperaba al siguiente metro?

Apresuré mi paso.

Él hizo lo mismo, manteniendo la misma distancia.

Una vez fuera de la boca del metro, intenté buscar algún taxi que me pudiera llevar, pero no había ninguno a la vista, y menos en el barrio en el que me podía permitir vivir.

Saqué el móvil y marqué el número de Bea.

Biiip.

Biiip.

Bip. Bip. Bip. Bip.

— Holii, has llamado a Bea, hoy es mi cumple así que si no contesto seguro que es porque estoy de fiesta. ¡Deja de tocar los huevos y apúntate zorra!

Sin respuesta.

Mierda.

Volví a apresurar el paso.

Volvió a hacer lo mismo.

Al girar la cabeza, esta vez me di cuenta de como era. Su mirada era lasciva, me miraba las piernas. Llevaba una camiseta de una talla mucho más grande que la que le correspondía, y absolutamente todo lo que llevaba estaba manchado con pintura. Su mano estaba dentro de sus pantalones. Y se estaba moviendo.

Otro escalofrío me recorrió el cuerpo. No podía correr con esos tacones. Si apretaba el paso, él lo iba a hacer también. Tenía que pensar rápido. Por muy destartalado que fuera y borracho que pareciera, ese tío me podía tumbar en medio segundo.

Cogí el móvil otra vez. Llamé al 112.

— ¿Emergencias, dígame?

— Emm… hola, un tipo muy raro me está siguiendo, y creo que me quiere violar — mi voz no era más que un susurro.

— Perdone, señorita, si habla tan bajito no la puedo entender, ¿me lo puede repetir?

— Un hombre me persigue. Por favor, ayúdeme — miré hacia atrás —. Cada vez está más cerca.

— Está bien señorita, mantenga la calma. ¿Dónde se encuentra? ¿Señorita? ¿Hola?

— ¡No! ¡Por favor! ¡Suéltame! ¡Ayuda, que alguien me ayude!

— Señorita, no se preocupe, un coche de policía está de camino. Todo va a estar bien. ¿Señorita?

Relato invisible 2024

Ángel, Demonio, Renacimiento

Volvías a casa cuando tuviste el accidente. Nada fuera de lo normal. Otro coche se salió un poco de su carril y apareció ante ti. No tuviste tiempo de esquivarlo.

Abriste los ojos y nos viste.

— ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

— Has muerto — te sorprendiste al ver que los dos hablábamos al unísono y que éramos mucho más altos que tú.

— Había… había otro coche. Iban dos mujeres. Se metieron en mi carril.

— Exacto.

— ¿De verdad he muerto? — Temblabas.

— Sí — mi mitad vestida de negro intentó calmarte. — Pero no te preocupes, todo el mundo muere.

Miraste alrededor. No había nada más que tú y nosotros.

— ¿Esto es el más allá?

— Más o menos.

— ¿Qué sois? ¿Quiénes sois? ¿Sois dioses?

— Se podría decir así — mi mitad blanca se agachó frente a ti tendiéndote la mano.

— ¿Y qué pasa ahora? ¿Voy a ir al infierno? — Miraste a mi mitad de negro. — ¿O voy a ir al cielo? Aceptaste la mano que te tendía mi otra mitad.

— Vamos a dar un paseo antes.

Nos pusimos a andar. No hablamos en todo el recorrido. Llegamos a un prado lleno de flores. Las miraste con fascinación.

— En cada una de estas flores hay un recuerdo de tu vida pasada. Adelante, puedes echar un vistazo — tu mueca demostró que te perturbaba escucharnos hablar a la vez.

Las miraste con curiosidad y comenzaste a caminar entre ellas, tocando suavemente los pétalos. Una flor en particular capturó tu atención. Era una rosa roja. Al acercarte, los recuerdos tu esposa e hijo inundaron tu mente. Te detuviste, abrumado por la emoción.

Nosotros te seguíamos observando en silencio.

— ¿Van a estar bien?

— Al principio estarán tristes, pero con el tiempo lo superarán.

Seguiste recorriendo el prado.

— Espera — te sobresaltaste al escucharnos hablar tan alto. Sin darte cuenta, te habías alejado mucho. — Antes de continuar, deberás hacer una elección.

Te acercaste.

— ¿Qué clase de elección?

— No te puedes quedar aquí eternamente a no ser que eso sea lo que decidas — mi mitad negra se agachó para estar a tu altura. — ¿Es eso lo que quieres hacer? ¿Quedarte entre tus recuerdos por el resto de la eternidad? Es una buena decisión. Además, llevas mucho tiempo ya.

— ¿Cómo que mucho tiempo? Si solo hemos estado aquí un par de horas.

— El tiempo aquí pasa de forma distinta. Para ti son dos horas, paro para el resto del mundo ha pasado una década — prosiguió mi mitad blanca al ver que Negro no te contestaba y solo sonreía. — Pero no te preocupes, aún tienes la segunda opción. Puedes reencarnarte. Renacer.

Te quedaste pensativo unos momentos. Fuiste corriendo a un recuerdo de tu educación primaria, donde salía un libro llamado “Nirvana”. Volviste jadeando con su flor.

— ¿Reencarnarme como el tipo de este libro? Me traumatizó un poco. Se convertía en mantis y después de follar con su pareja, esta se lo comía. ¿Me va a pasar eso? No quiero que me coman.

Blanco sonrió levemente.

— Si tu inquietud es renacer como animal, no te preocupes. Si lo haces, será como humano.

— Pero si te vas de aquí, — Negro quería que aceptaras su oferta — no podrás recordar nada de tu vida pasada. Este campo se marchitará y se perderá en el olvido para siempre.

— Y si decido renacer, — miraste a mi mitad blanca — ¿será diez años en el futuro?

— No, será en el primer bebé que nazca después de tu muerte.

— ¿Entonces de qué sirve que aquí el tiempo pase más rápido?

Negro no dejó que Blanco te contestara y se acercó a ti.

— ¿Te has fijado que han brotado nuevas flores en aquella zona del prado?

Fuiste hacia ellas con miedo. Eran del mismo color que mi mitad que te las había mostrado. Cogiste una con la mano temblorosa.

Viste una llamada en tu casa. Viste que la cogía tu esposa y que se ponía a llorar. Viste como conducía mientras aparecía el reflejo de tu hijo en la ventanilla de atrás del coche, llena de lágrimas y mocos. Viste la carretera del accidente. Viste una ambulancia. Viste que dentro del vehículo había una de las dos mujeres del coche que se chocó contigo, la que iba de copiloto. Viste que estaba jadeando. Viste a lo lejos tu coche destrozado. Viste sangre. Una mano te tapó los ojos y no pudiste ver nada más.

— Esos eran los recuerdos de mi hijo.

— Así es — negro se había posicionado a tu izquierda. — Podrás ver todos sus recuerdos si te quedas aquí.

Blanco se acercó y quedaste justo en medio de mis dos mitades.

— Pero si decides renacer podrás vivir una nueva vida.

— Pero no recordaré nada — miraste a tu derecha. — ¿Qué pasa con la vida de mi hijo?

— Tu hijo crecerá, madurará y se convertirá en una buena persona. Será feliz, se casará con su mejor amigo y tendrán una hija preciosa. Y todo eso será gracias a que tú y tu esposa lo educasteis para ser la mejor versión de sí mismo. Puedes quedarte aquí reviviendo tus recuerdos y los suyos, pero nunca podrás construir nuevos. Lo que te ofrezco es una oportunidad para crearlos, para volver a ser tan feliz como eras.

Miraste a tu izquierda. Mi mitad de negro te sonrió.

— Nadie te asegura que tu nueva vida sea tan buena como la que has tenido. Tu mejor opción es quedarte aquí, conmigo.

Cerraste los ojos. No sabías qué elegir. Blanco te ofrecía una vida nueva. Negro te ofrecía revivir la tuya para siempre. Pensaste en la frase que te decía tu madre de pequeño: «más vale malo conocido que bueno por conocer». Cuestionaste la veracidad de esa afirmación. Pensaste en todas las veces que te habías arriesgado y habías salido de tu zona de confort para conseguir lo que te proponías. Recordaste sin necesidad de ninguna flor que no había cosa más importante en la vida que vivirla.

Abriste los ojos. Sonreíste. Diste un paso atrás y nos miraste a ambos.

— He tomado una decisión.

Los dos sonreímos y, por última vez, te dirigimos la palabra al unísono.

— ¿Y bien?

Lloraste. Lloraste por primera vez. Abriste los ojos. Viste el cielo. Eran tonos distintos a los que recordabas. Al fin y al cabo, tus pupilas eran otras. Miraste a tu alrededor sin parar de llorar. Estabas en una ambulancia.

— Enhorabuena, es un niño. Ha nacido sano. Ya puede cogerlo.

Te movieron a los brazos de una mujer. La miraste. Tus recuerdos se empezaban a desvanecer, pero por un momento la reconociste: era la copiloto.

 

Final de una era

El sonido de la cinta de embalar interrumpió mi siesta matutina. Sin abrir los ojos, dirigí mis orejas hacia la fuente del ruido.

— Cala, ve al sofá, va, que necesito la cama libre.

Con un maullido perezoso, estiré mis patitas y me encaminé al salón. Allí se encontraba una de mis dueñas, ocupando mi lugar preferido. Sin intenciones de cederle el espacio, decidí saltar sobre su regazo y permitirle acariciarme.

— Calaló, preciosa, ¿vienes a tumbarte con la iaia? — Suspiró. — Os voy a echar tanto de menos a las dos… Pero no te olvides de mí, ¿eh? Os vendré a ver siempre que pueda.

Las carantoñas que provocaban mi ronroneo y la voz sosegada del presentador de noticias me sumergieron lentamente en un sueño profundo.

«Ding dong»

El Intruso.

— Hola amor, gracias por venir, entre nosotras es demasiado difícil meterla en el transportín.

Oh, no.

No podía tomarme mi tiempo para estirarme. Corrí tan rápido como pude y me escondí debajo de la cama. Las zapatillas de mi mamá y los zapatos de ese imbécil aparecieron en mi campo de visión.

— ¿Cala? Cala, amor, no te escondas. Esta vez no iremos al veterinario, te lo prometo. Nos vamos a la nueva casa.

Una mano intentó alcanzarme. La olí. Era ella. En ella confío. Me acerqué un poco más.

— ¡Ya te tengo! — el Intruso vitoreó mientras me agarraba como la escena de mi película favorita. — Ahh cigüeña, baba bitsi baba….

Miiaaau — tenía que salir de ahí.

— ¡Roberto! ¿No ves que ya está suficientemente nerviosa la pobre? Déjala encima de la cama.

Miaaaauuu — por favor, dejadme tranquila.

— Chicos, ¿Qué le hacéis a la pobre? Está gritando.

— Nada, Mami. No le gustan los transportines, y se pone como loca. Por favor, cierra la puerta y déjanos hacer. No queremos que pase lo de la última vez — mi mamá le enseñó a la abuela la cicatriz del zarpazo que le hice. No fue mi culpa, me quisieron meter en la caja del demonio. Tenía que defenderme.

Observé cómo mi iaia se colocaba los auriculares para no escuchar mis maullidos y cerraba la puerta tras de sí. Siempre lo pasaba peor que yo.

— Vale, a la de tres, yo la tapo con la manta y tú aguantas el transportín.

Miaaaauuu.

— Una…

Miaaaauuuuu.

— Dos…

Miiiiiaaaaaauuuuu.

— ¡Y tres!

Todo se volvió negro. No veía nada. Pataleé, mordí, maullé con todas mis fuerzas. De repente, estaba dentro de la caja.

— ¡Muy bien, amor! Lo has hecho genial — un dedo se deslizó por uno de los agujeros de la puerta. — Toma, una chuche para el camino — Se dirigió al salón. — ¡Mami, ya está hecho, puedes quitarte los cascos!

La cara del Intruso se acercó a mi nivel.

— No te preocupes, bola. En nada estamos en casa. Te prometo que todo va a ir bien. Sé que yo no te gusto, pero te va a encantar Rocket.

¿Rocket? ¿Quién es Rocket?

Cuando el coche de detuvo, dejé de maullar.

— No hay sitio para aparcar. Paro un momento aquí y os bajáis. Acércame a mi amorcito — el Intruso movió la caja del demonio y me aproximó a la abuela. — Amor, te voy a echar muchísimo de menos, no sé qué voy a hacer sin vosotras en casa. Voy a llegar, y va a estar vacía — se le escapó un sollozo.

— ¡Mami! No seas tan «drama queen», que aún no hemos terminado la mudanza. Además, podrás venir todas las veces que quieras.

— Pero no va a ser lo mismo. ¿Estáis seguros de que queréis llevárosla? Yo puedo cuidarla, ¿eh?

— Qué pesada — mi mamá resopló. — Vamos, que ese coche quiere salir del parking. Avísanos cuando llegues a casa — le dió un beso en la mejilla y salió del coche.

— Adiós, Pili, gracias por traernos. Lo que ha dicho Juls va en serio, ven cuando quieras. Tanto ella, como Cala, como yo estaremos encantados de verte.

Miaaaauuu.

— Adiós, preciosa de la iaia. Te quiero muchísimo. Adiós Roberto, cuídamelas.

— Están en buenas manos, te lo prometo.

Ese lugar olía diferente que el veterinario. ¿Dónde estábamos?

— ¿Miauu?

— ¡Bienvenida a nuestra nueva casa, Caliua! Viviremos los cuatro aquí a partir de ahora.

Una sombra al final del pasillo me sorprendió. No era un ser humano. Me acerqué un poco. Ojos verdes, orejas puntiagudas, pelaje gris.

— Rocket, ven a conocer a tu nueva hermanita — parecía que el Intruso trataba mejor a ese animal que a mí.

Se aproximó lentamente. Me olfateó, y yo correspondí con el mismo gesto.

Maaaaaauuuu — no me gustó. Parecía que mi advertencia no tuvo ningún efecto en él. Permanecía allí, sentado, investigando mi olor. Le bufé. Al menos eso pareció afectarle. Se fue corriendo por donde había venido. Victoria.

— ¡Cala! No seas tan mala, solo ha venido a saludarte — mi mamá se sentó entre nosotros. — Vamos, ven aquí, Roquesito, tú también.

Nos acercamos poco a poco. Intenté subir a su regazo, pero ese bribón fue más rápido. Eché a correr. No conocía ese lugar, pero tenía que encontrar la cama y meterme debajo. Era el sitio más seguro.

— ¡Cala, que no pasa nada! — se escuchó la voz del Intruso, ya lejana a mis oídos.

Por fin hallé una. No podía creerlo. No había espacio debajo. No podía meterme ahí.

— No puedes esconderte debajo de un canapé, ¿no ves que no cabes? — Odiaba a ese tío. — Vamos, métete debajo de las sábanas, eso siempre te tranquiliza, ¿no? — Levantó el edredón y me metí debajo, sintiéndome calentita. — Te dejo dormir un rato, así te acostumbras a la habitación. ¡Juls! Cala necesita una siesta, la dejo en la cama, ¿vale?

Soñé con todo. Soñé con mi iaia, con mi mamá, con el Intruso. Soñé que me llevaban a una casa extraña, con un animal completamente inferior a mí. Soñé que ya no podría acurrucarme jamás con mi abuela en nuestro rincón del sofá. Soñé que ya no me querían.

Una mano me sacó de mi pesadilla. Era mi mamá.

— Buenos días, princesa. Parece que al final te ha gustado la casa. Tanto, que ni te has dado cuenta con quién te has acurrucado cuando hemos venido a echar la siesta contigo.

Miré hacia arriba. ¿El Intruso? No, ese nombre ya no me gustaba para él. Estaba en su regazo, y me estaba mimando. No podía ser un intruso.

— ¿Miau?

¿Otro maullido? El gato de antes se acercó hacia donde estábamos. Iba a bufarle justo cuando empezó a lamerme la cabeza. Esa sensación… no era tan desagradable.

Owwwn, Rocket te está pidiendo permiso para tumbarse con vosotros, ¿verdad que le dejas, Caliua?

Decidí darle mi aprobación, solo por esta vez, porque hacía frío y tenía sueño. Nos acurrucamos.

— Lo que tengo que aguantar. ¿Por qué se me ponen los dos encima?

— Eso es porque eres un «cat dad» — mi mamá se rió y se acurrucó con nosotros.

Mientras me iba quedando dormida, pensé que papá tampoco era tan mal nombre para el Intruso. Tal vez todo esto no iba a ser tan malo.

Y al final todo fue un sueño


En la mesita, el parpadeo del móvil de Jamie rompió la oscuridad de la habitación. La alarma empezó a sonar y la chica se revolvió bajo las sábanas.

No podía soportar los despertadores ni los relojes. En general, cualquier cosa que midiera el paso de las horas. Y no solo porque la obligaban a llegar puntual a una cita a la que no le apetecía acudir, o porque la empujaban a levantarte de la cama para ir a trabajar. La convertían en esclava del tiempo. Es por eso se negaba a añadir un reloj a sus complementos diarios, ni siquiera de pulsera.

Sus dedos lograron encontrar el teléfono y, entre bostezos, le dio al botón de detener. Con pereza, se acurrucó aún más, como un hámster dentro de su nido, para disfrutar de ese limbo entre el sueño y la vigilia antes de disponerse a empezar su día. Al fin, y con un suspiro resignado, la chica se sentó en la cama y dejó que sus pies tocaran el suelo frío.

Volvió a agarrar su teléfono y se percató esta vez de que tenía diez notificaciones provenientes de un número oculto. Intrigada, frunció el ceño y entró en el chat. Ante sus ojos, letras desordenadas se arremolinaban en una danza caótica y formaban palabras sin sentido aparente. Entrecerró los ojos, tratando de descifrar el mensaje. Sin embargo, los caracteres parecían negarse a encontrar su lugar. Una risa cansada escapó de sus labios. Aquello no era más que una broma absurda, producto de la imaginación de algún adolescente aburrido. Con un gesto despreocupado, descartó los mensajes y se levantó para vestirse.



Bajó las escaleras a paso ligero, guiada por el aroma del café recién molido de la pequeña cafetería bajo su apartamento. El tintineo de la campana de la puerta anunció su llegada, y el cálido ambiente la envolvió en un abrazo acogedor.

— ¡Buenos días, Jamie! — saludó la barista con una sonrisa.

— Buenos días, Mia. Lo de siempre, por favor.

El café con leche humeante, el croissant dorado y un paquete de donuts, se posaron frente a ella en el mostrador. Una vez pasada la tarjeta, no pudo evitar hacer una mueca al ver el recibo que el datáfono acababa de imprimir. El total marcaba nueve dólares.

— ¿Habéis bajado los precios? ¿Seguro que me has cobrado bien? — alzó una ceja en señal de incredulidad.

Mia asintió con firmeza.

— Pues sí, es lo que te cobro siempre. ¿Va todo bien, chica?

— Sí, sí, perdona, aún debo de seguir dormida. Nada que no arregle uno de tus cafés.

Un poco perpleja, aceptó el pedido y siguió su camino hacia el trabajo.



Jamie atravesó la puerta de la oficina y distribuyó los donuts a sus colegas mientras intercambiaba saludos matutinos. Al llegar a su escritorio, se preparó para sumergirse en su trabajo. Pero parecía que el ordenador tenía otros planes. No conseguía encenderlo. Se agachó bajo la mesa y descubrió que la regleta no estaba prendida. Le dio al interruptor y se sentó en su silla. Cuando el monitor cobró vida, un documento apareció en medio de la pantalla sin previo aviso. En el encabezado, una palabra destacaba en negrita: «Ocho». Intrigada, examinó el archivo con curiosidad, nunca lo había visto.

Decidió pedir ayuda a Laura, del departamento de informática. Al explicarle lo que pasaba, la técnica revisó el ordenador, pero, después de un momento, agitó la cabeza.

— Parece ser un error de formato, Jamie. No parece haber ningún problema real.

Ella asintió y se dispuso a seguir trabajando, aunque no estaba del todo convencida.



El día avanzó con una rapidez inesperada, y Jamie se encontró inmersa en su labor, sin apenas percatarse del tiempo. Fue cuando sus compañeros la invitaron a probar el nuevo restaurante chino, que se dio cuenta de lo tarde que era.

Junto a su animado grupo, llegó al local, donde el aroma de especias y sabores exóticos llenaba el aire. El camarero les dio la bienvenida con una sonrisa y, al acercarse a Jamie, le preguntó con las manos entrelazadas sobre su pecho:

— ¿Cuántos?

La chica contó mentalmente a sus compañeros.

—Somos siete, gracias — dijo con una sonrisa torcida mientras levantaba el mismo número de dedos frente a él.

El almuerzo fue una experiencia deliciosa, con platos que despertaron sus papilas gustativas y conversaciones animadas. No obstante, una pequeña chispa de curiosidad seguía ardiendo dentro de ella.



Con el estómago satisfecho, Jamie regresó a la oficina. Mientras organizaba sus cosas, su atención fue atraída por un memorando que reposaba sobre su escritorio. Al abrirlo, se encontró con una notificación sobre una reunión programada para el día siguiente a las seis de la tarde.

La oficina solía cerrar una hora antes. Frunció el ceño, atribuyendo la discrepancia a un simple error tipográfico. Mandó un email a su superior para indicarle el fallo. Una vez enviado, guardó el documento en su carpeta y se preparó para abordar el resto de la tarde laboral.



Al final de su jornada, se encaminó hacia el ascensor, lista para dejar atrás esos acontecimientos tan raros de su día.

La puerta se cerró con un susurro mecánico, dejándola sola en el interior. Observó el panel de botones, y solo uno brillaba con luz ámbar: "Piso 5". Al presionarlo, el mecanismo comenzó a ascender a una velocidad más rápida de lo usual.

Cuando el «ding» que indicaba la llegada sonó, Jamie se encontró en una planta desconocida. La habitación estaba despojada de muebles y decoraciones, bañada en una penumbra extraña. Un escalofrío recorrió su espalda, y una sensación de inquietud la envolvió. El lugar parecía ajeno a cualquier parte del edificio que hubiera visto antes. No reconoció ni una sola característica familiar.

La incertidumbre y el temor irracional empezaron a apoderarse de ella. No quería permanecer allí ni un momento más. Presionó el botón que la llevaría a la planta baja. Esta vez el trayecto fue aún más rápido. Cuando las puertas se abrieron, salió de aquel sitio casi corriendo. Deseaba regresar a casa.



Jamie esperaba con la mente inmersa en los misterios del día. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el sonido del motor y el chirriar de los frenos anunciaron la llegada de un vehículo.

Cuando miró, vio que se había parado frente a ella el autobús número cuatro. Ese número de ruta había sido descartado unos años atrás, después de ese accidente, y ya no formaba parte del habitual repertorio de transporte público de su ciudad. Pero, para su sorpresa, el destino anunciado estaba en la misma dirección en la que ella necesitaba ir.

Tomó una decisión impulsiva y subió a bordo. Los pelos de su nuca se erizaron al ver que no había ningún otro pasajero aparte del conductor y ella. Intentó relajarse y se sentó para observar por la ventana como los edificios de oficinas se transformaban, poco a poco, en apartamentos residenciales.

Unos minutos después, el vehículo se detuvo exactamente frente a la puerta del edificio de la chica. Sin tener muchas más opciones, se apeó y se dirigió hacia su casa.



Al acercarse a la puerta de su apartamento, su atención fue capturada por un paquete misterioso que descansaba en el umbral. Lo recogió con cuidado, sintiendo la textura rugosa del papel y la firmeza del contenido.

Entró, y se dispuso a abrirlo. Al hacerlo, se encontró con un reloj plateado. Se fijó en la hora. Parecía que no le quedaba pila, ya que las manecillas estaban congeladas a las tres en punto. Aun así, escuchaba un «tic, tac». Por alguna razón ese sonido le perforaba los oídos, tenía que pararlo como fuera. Algo repentino la incitó a ponerse el aparato en la muñeca. Con esa acción, el sonido del minutero inmóvil cesó, y Jamie respiró aliviada.



Jamie decidió que la mejor manera para distraerse de ese día tan extraño era sumergirse en una tarea familiar y reconfortante: cocinar.

Abrió su libro de cocina favorito, dejando que las páginas llenas de recetas se desplegaran ante ella. Cerró los ojos y deslizó su dedo por las páginas, deteniéndose en una receta al azar. Cuando los abrió, se encontró con una receta de estofado. Arqueó una ceja.

La lista de ingredientes requería dos de cada ingrediente: cebollas, zanahorias, patatas… Pasó a la siguiente receta, pero el mismo patrón se volvía a repetir. Y así sucesivamente. Todas las recetas de ese libro contenían el mismo número de ingredientes.

Jamie no podía más. Decidió irse a la cama sin cenar.



Sin querer tocar ningún otro libro físico durante un buen tiempo, Jamie se dispuso a tumbarse en su cama y coger su kindle. «Esta vez sí, esta vez todo será como siempre», pensó mientras el dispositivo se encendía.

Una cuadrícula de portadas apareció en su pantalla. Todas ellas mostraban la misma información.

Título: Uno Autor: Uno Uno Año de publicación: 1111

Al abrir el primero, una página llena de la palabra «uno» se extendió frente de ella.

La sorpresa permaneció en cara por un momento antes de que una sensación de calma y determinación la invadiera. Sin previo aviso, la pequeña tableta se le resbaló de las manos y sus ojos se cerraron. Se sumergió en un profundo sueño.



— ! … y, CERO! ¡Despierta! — gritó una voz distorsionada delante de ella, mientras chasqueaba los dedos.

Miles de aplausos empezaron a resonar por esa estancia desconocida en la que Jamie se encontraba. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba en un escenario, sentada en un taburete. Frente a ella, pudo discernir la silueta de quien había estado haciendo la cuenta hacia atrás.

Bajó del escenario y regresó con sus acompañantes. Se sentó al lado de Mia.

— Vamos, no nos mientas — dijo Laura, — seguro que te has hecho la dormida, ¿verdad?

— Sí, sí, claro — contestó con una risa nerviosa.

Estaba claro que había vivido un día en una vida distinta a la suya. Pero, pensó Jamie, al fin y al cabo, todo había sido un sueño. O eso se dijo a sí misma mientras acariciaba su reloj de manecillas congeladas.

Cuac

Estatua sin cabeza, A la luna le pasa algo, Pato muy sospechoso

Todo comenzó el 10 de enero de 2040. Miles de personas salieron a la calle para contemplar como la luna se fragmentaba. Trozos que parecían ínfimos a esa distancia, empezaron a caer de manera precipitada hacia la tierra. Trozos que, poco a poco, se convertían en meteoritos que destrozaban ciudades, bosques, campos y montañas.

El mundo se vio inmerso en lo que, años después, se denominaría “el cataclismo lunático”. El satélite había quedado con un hueco, dando paso a una forma de cabeza perforada, de ahí el nombre.

Eso hizo que las mareas cambiaran, que subieran el nivel de su agua. Nuestro planeta pasó de ser el 75% de agua, al 90%. Solo aquellas montañas que no quedaron destrozadas eran los únicos puntos donde proseguir con la vida terrestre.

El comportamiento de muchos animales fue afectado también. Las gallinas intentaban volar, los leones tenían miedo de las gacelas incluso los perros atacaban a sus amos (aquellos que habían podido sobrevivir).

Quiero dejar constancia de todo esto. Según nuestros cálculos, otra explosión lunar puede ocurrir otra vez, justo cinco años después de la primera. Para eso faltan treinta días. Si me pasa algo, si nos pasa algo, este diario va a ser la única salvación que le queda a la humanidad.

— ¡Vic! Como no dejes ese maldito diario y nos vengas a ayudar con la máquina, te juro que a la que caiga el primer meteorito, voy a empujarte para que te aplaste como un moco — mi compañera de universidad Lara siempre había sido muy poco sutil para pedir las cosas.

Arrugué la nariz.

— Ya voy, pesada. ¿No ves que es importante este diario? ¿Y si nos pasa algo? ¿Quién va a continuar con el neutralizador?

— Si sigues con ese librito tuyo no lo podremos acabar aunque pasen cinco años más. ¡Vamos, lávate las manos y ven!

Con un soplido, fui hacia lo que un día fue la cocina de esa cabaña que usábamos como refugio-laboratorio y procedí cumplir su orden.

— «CUAC».

Miré hacia mis pies.

— ¡Mochi, precioso! ¿Cómo está mi patito favorito?

— «CUAC» — después de tanto tiempo viviendo con él, entendía lo que ese «cuac» significaba.

—- ¡Lara, Alberto! ¿Le habéis dado de comer hoy a Mochi?

— Será glotón el tío, hace veinte minutos le di una lata de atún — el chico entró en la habitación, se agachó y abrió los brazos —. Ven aquí, glotoncito, que si comes más tendremos que llamarte Mochón.

Mochi empezó a correr hacia Alberto provocando un sonido muy tierno con sus patas. Saltó sobre él como de costumbre y se abrazaron.

Muchos animales cambiaron su comportamiento tras el desastre. En el caso de los patos, los convirtió en la mascota perfecta. Se volvieron muy inteligentes, pero no pretendían hacer daño a ningún humano, sino colaborar con ellos.

Alguna vez he llegado a pensar que se volvieron tan listos que lograron dominar a lo que quedaba de humanidad para que las mascotas reales fuéramos nosotros. Alimentábamos a Mochi, lo lavábamos, le preparábamos siempre una camita para que pueda dormir bien, le hacíamos mimos siempre que no estábamos investigando, etc. Definitivamente, los patos eran los nuevos gatos.

— ¿Es que soy la única que se preocupa por la humanidad, o qué?

— Ups, hemos enfadado a la sargento.

Una risita se me escapó tras el comentario de Alberto al imaginarme a Lara con uniforme militar y un bigote ridículo.

— Ah, os parece gracioso. Perfecto — estaba enfadada.

— Lara, perdona. Todo esto me sobrepasa. No solo a mí, a Alberto también, y creo que a ti te pasa lo mismo. ¿No crees que un poco de diversión puede distraernos?

— ¿Te crees que no me quiero divertir? — su voz sonaba muy tranquila. — ¿Te crees que llevo cuatro años y medio encerrado aquí con vosotros y un pato que probablemente os supere en inteligencia en vez de vivir mi vida?

— Hermanita…

— No, Alberto. Si no conseguimos poner en marcha esto, el sacrificio que hicieron miles de personas no servirá de nada. El sacrificio de mamá y papá será en vano. ¿Eso quieres? — una lágrima brotó del ojo que no estaba tapado por su parche.

El chico fue a abrazarla y me hizo un gesto para unirme.

Una vez nos disculpamos con ella, me lavé las manos y los tres volvimos al sótano, a nuestro laboratorio.



WIP

Mochi bajó con nosotros y se tumbó en un almohadón que teníamos ahí para cuando trabajábamos hasta tarde, que estas últimas semanas había sido casi cada día.

Me fijé bien en nuestra creación. Si cinco años atrás me hubieran dicho que estaría construyendo una máquina gravitatoria, no me lo hubiera creído. Nuestra idea era la siguiente: en el momento en que la luna volviera a fragmentarse, crearíamos un campo gravitacional que los mantendría unidos hasta que, por su propio peso, se convirtieran en satélites de nuestro satélite.

La teoría la teníamos clara, el problema era hacer funcionar ese cacharro antes de la próxima explosión.

A la mar

Dos líneas temporales, 
Ocurre sobre un océano de color negro, 
Que haya un accidente

El submarino estaba a punto de salir y yo tan siquiera había llegado al puerto. Si ese día no me hubiera subido la fiebre, yo estaría en ese navío hundido y Felipe ya estaría listo para zarpar.

— No te preocupes Guille, ya haré tu turno hoy, y cuando te mejores tu haces los que hagan falta para compensármelo — le comenté a mi hermano el día que desaparecí. — Venga, me voy! Espérame para cenar, ¿eh? — Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de ir al barco pesquero.

Al llegar al puerto corriendo y medio desaliñado, corrí hasta poder llegar donde aquel vehículo estaba amarrado, aquel que se supone que iba a rescatar los restos de esa barcucha que no pudo salvar a mi hermano. Algunos los familiares y amigos de mis antiguos compañeros de trabajo estaban en fila, esperando para entrar en el submarino. Uno a uno, fuimos entrando todos, saludados por el capitán del navío.

— Muy bien grumetes — gritó con tono militar. — Mi nombre es Navarro, capitán Jose Antonio Navarro. Esto no es un pesquero como al que estáis acostumbrados. Estamos en misión de rescate. Es primordial permanecer serenos, pase lo que pase. Entraremos en mareas poco conocidas, en el mar más negro visto por el hombre. Aquellos que no se vean capaces de soportarlo, !fuera de mi vehículo ahora mismo! — Nadie movió un solo pelo. — No estoy de broma marineros de agua dulce, ya acepté traer a mujeres, pero no voy a aceptar cobardes. Repito. ¿Alguien quiere irse?

Un par de señores mayores que parecían ser los padres de Iván, el mejor amigo de mi hermano, el cual también sufrió el accidente, abandonaron el submarino y se despidieron de la que creía recordar que era su otra hija. También se marchó una chica adolescente que no había parado de tiritar desde que entramos.

— Así me gusta más — prosiguió Navarro. — Ahora, en marcha, nos queda mucho camino por delante.

Llegué como siempre media hora antes al barco y empecé a prepararlo todo para salir de pesca.

— Hey, ¿Qué haces aquí Felipe? ¿Hoy no tenía turno tu hermano? — me preguntó Iván mientras llegaba por el amarradero.

— Está con fiebre, así que hoy me toca a mí aguantarte — contesté con un tono divertido. Iván había sido mi mejor amigo desde los cinco años, y siempre nos chinchábamos.

— Vaya con el chiquitín, así que escaqueándose para que su hermano mayor le haga el trabajo sucio. Llámalo tonto al tío.

— Venga chicos, suficiente cháchara! — Interrumpió la capitana del navío a los dos amigos. — En breves ya zarpamos, que un contacto me ha chivado una zona donde hay peces luna y no puedo esperar por pescarlos a todos.

La capitana Plaza, de primer nombre Esmeralda, era la persona más fanática de peces raros de toda la isla. Siempre que oía que en nuestro mar, ya raro por naturaleza, había algún pez no descubierto o muy difícil de encontrar, se lanzaba sin mirar atrás. A mi y al resto ya nos parecía genial, porque siempre que encontrábamos ese tipo de mercancía, nuestro sueldo incluía comisión.

— ¡En marcha! — gritamos al unísono toda la tripulación izando las velas.

El pitido del sensor de profundidad del submarino, junto la incesante gotera del rincón donde me había tocado sentarme, no me permitían concentrarme en mi dibujo. En vez de dibujar a Felipe, estaba dibujando a un chico amorfo, con la barba mal afeitada.

Era imposible, no podía hacer como si nada hubiera pasado, como si mi hermano siguiese aquí y lo tuviera de modelo para mis bocetos. Ahora mi musa no era más que un recuerdo manchado de lágrimas y culpa.

— Oye, ¿estás bien? — una voz femenina interrumpió mis lamentos.

Entonces miré hacia arriba y la reconocí, pelo moreno largo, ojos verdes y vestida con un chubasquero que claramente no era de su talla. Era el chubasquero Iván.

— Hola… em… sí, sí, estoy bien, solo estaba intentándome relajar dibujando, pero ya ves que he conseguido totalmente lo contrario — respondí con media sonrisa y con el corazón a mil. No entendía porque me sentía tan nervioso con ella, habíamos coincidido muchas veces. En cumpleaños de nuestros hermanos, en comuniones, en… en el funeral.

— Eres Guille, ¿verdad? El hermano de Felipe. De pequeños jugábamos juntos en el jardín de mi casa, hasta que nuestros hermanos fueron suficientemente mayores como para pasar de nosotros — soltó con una risa nerviosa —. Bueno, por si no recuerdas mi nombre, soy Vera, ¿te importa si te acompaño?

— Cl.. claro, sin problema — contesté yo.

Se sentó a mi lado y nos pusimos a conversar sobre todos los recuerdos bonitos que teníamos de Felipe e Iván. Aún no lo entiendo, pero logró que toda la tristeza y culpa, por un momento, desaparecieran.

— Venga marineros de agua dulce, a tirar las redes. García, ¿tienes ya preparados los anzuelos?

— ¡Sí capitana! — respondí a la petición de Plaza. — Todo preparado.

Tan pronto como la primera red tocó el mar, unas pequeñas luces se empezaron a ver a través de sus agujeros. Todos los marineros nos quedamos embelesados mirándolos.

— ¿Son eso los peces luna capitana? — preguntó mi amigo.

— Eso creo grumete, tirad de la red, a ver si pillamos alguno.

Al empezar a tirar de ella, notamos que algo no iba bien. Poco a poco aparecían más y más luces. No podía haber tantos peces luna juntos, no eran tan pequeños. Eso no era un banco. Eso era un solo pez, y uno muy… muy grande.

De golpe, la manivela que usábamos para tirar de la red, empezó a girar hacia el sentido contrario a una velocidad inhumana, y nos vimos arrastrados por aquel ser que acabábamos de pescar.

— ¡Capitana! Tenemos que parar ahora mismo o nos va a tumbar, incluso peor, ¡a hundir! — Gritó Iván intentando recoger la red sin éxito.

— No grumetes, no podemos rendirnos ahora. ¿No lo entendéis? Lo hemos encontrado, hemos encontrado al pez sol, padre de todos los peces de este mar sin color. Si lo consigo, voy a ser rica y nunca más tendré que trabajar, ¡ni vosotros! — la capitana parecía tener los ojos inyectados de locura. El dinero la había cegado, estaba dispuesta a matarnos a todos por unos míseros billetes.

— Iván, psst, Iván — dije en voz baja para que Esmeralda no nos oyera. — Tenemos que cortar la red o esta conseguirá matarnos.

— Vale, está bien. Tú distráela y yo iré a por el arpón.

Mientras me dirigía hasta donde la capitana empezaba a perder ya el norte, noté que algo le había dado un fuerte golpe al barco. “Mierda…”, pensé para mis adentros. Después de eso, el barco empezó a hundirse poco a poco. Muchos de los marineros fueron directos a las barcas salva vidas, pero en cuanto éstas tocaban el mar, una fuerza invisible los engullía.

“Mierda, Felipe, mierda, piensa, piensa, piensa.”

— García, ¡rápido! Tráeme el arpón — me ordenó la capitana. — Oh no, no hace falta, ya veo que Jurado ya lo está trayendo.

— Capitana, ¿es que no se da cuenta de que el barco se hunde? Tenemos que huir — le contesté con los nervios a punto de explotar. Al mirar hacia Iván, vi que venía hacia nosotros e intenté hacerle señas para que huyera de esa loca que quería el arma, pero no logró entenderme.

— Jurado, el arpón — dijo ella extendiendo la mano.

— Sí señora — contestó él dándoselo, con pánico en los ojos y sin entender nada de lo que pasaba.

Tragaperras

Rural, España, Juego, Terror

Mini-capítulo 1

Abril, Marta, Óscar y Raúl viajaban al atardecer en coche por una pequeña carretera de Huelva, camino a Lepe. Marta aún no se creía que Óscar hubiera elegido esa ciudad para celebrar que los cuatro por fin se habían graduado de la carrera de medicina.

— ¡Es el mejor sitio donde ir! ¡Es donde nacen los chistes! Tenemos que ir, chicos — dijo él cuando sacó la pajita más corta dos semanas atrás.

Abril y él iban delante, ella de copiloto, riéndole todas las gracias. Se podría definir a Óscar como el payaso del grupo, ese que se hacía el tonto a veces, pero de tonto no tenía ni un pelo. Ella, en su defecto, estaba cegada por el amor que sentía por él, del cual el pelirrojo era consciente y siempre se aprovechaba.

Marta y Raúl iban detrás, él con la nariz metida entre las páginas de su libro de matemáticas y ella tan solo observando a los otros dos reírse y charlar.

— ¡Raúl vamos! ¡Deja de estudiar ya, que estamos de vacaciones! — dijo el pelirrojo mientras intentaba quitarle el libro a ciegas, sin perder de vista la carretera.

— Déjame en paz. Tú decidiste conducir, yo decidí leer — contestó el chico recolocándose bien sus gafas. — A la próxima, puedes traerte esas consolitas vintage que tanto te gustan y vamos en mi coche.

— Venga chicos, no os pongáis así — dijo la copiloto rubia intentando calmar los ánimos. — Marta, Ayúdame con estos dos simios, porfi.

— A ver…. — ella odiaba tener que intervenir en las conversaciones, pero no le podía decir que no a su amiga. — Conductor, tú, al volante, que no queremos tener un accidente. Raúl, por una vez en su vida, Óscar tiene razón, estamos de vacaciones y dentro de nada anochecerá, ve dejando el libro, venga. Tú, Abril, ya sabes lo que toca: pon nuestra canción.

— ¡A mandar jefa! — Dijeron los tres al unísono, mientras la copiloto puso “Son mis amigos” de Amaral.

Las voces de los cuatro llenaron el vehículo con la letra de esa canción. Esa que tanto tiempo les había acompañado durante la carrera. Mientras cantaban, el coche de Óscar empezó a producir sonidos extraños. Después, a hacer movimientos poco naturales, incluso para esa chatarra de Renault Mégane del 95, que el pelirrojo tenía en un pedestal. De golpe, el motor dejó de funcionar y los cuatro amigos se quedaron tirados en la carretera.

— Perfecto, todo perfecto — se quejó Abril mientras salían del auto. — Estamos en medio de la nada. No tenemos coche, no tenemos cobertura y ¡oh, genial! — miró hacia el cielo, mirada que todos los amigos siguieron, para ver como pequeñas gotas empezaban a caer, mojando las hojas de las encinas plantadas cerca de la carretera, — ahora se pone a llover — continuó, más estresada que cuando tuvieron que diseccionar a aquel cerdo para la clase de anatomía. — Tendríamos que estar ya en nuestro hotel, si no fuera porque alguien quería parar a comprar unos sudokus — dijo mirando con cara de asesina al de las gafas, el cual solo pudo hacer una sonrisa torcida en señal de disculpa.

— Mirad chicos, se ve un poco borroso, pero parece que ese cartel pone “hostal”. Tal vez podamos ir a ver si nos pueden echar una mano con el coche, o si nos dejan usar su teléfono para llamar a una grúa. Incluso podríamos dormir aquí — dijo Marta señalando un cartel que parecía que tenía más de 30 años, desgastado ya por el paso del tiempo.

Los amigos subieron el sendero que llevaba hasta la puerta principal y llamaron al timbre. Una mujer de pelo canoso y piel arrugada les abrió. Óscar se rio de manera discreta susurrándole a Abril que la dueña se llamaba “capitana moño-blanco”, ya que llevaba ese típico parche de piratas tapándole un ojo, y lo que parecía ser una pierna ortopédica.

Una vez los otros dos chicos le contaron la situación a la mujer, ella les dijo con el acento muy marcado:

— Pues estáis de suerte, chiquillos, ahora mismo no tenemos huéspedes, así que tenéis toda la casa para vosotros. Antiguamente, había sido un coto de caza, así que no os asustéis si veis armas o animales disecados por aquí. ¡Ozús niña! No te preocupes, eso ya no lo hacemos — dijo al ver la reacción de la rubia ante sus palabras. — Ahora solo tenemos un restaurante en la planta baja y unas cuantas habitaciones arriba. Ni el móvil ni el fijo funcionan bien cuando se acercan tormentas como hoy, así que podéis pasar aquí la noche y mañana os llamo a la grúa, ¿Qué os parece, bonicos?

Al no tener mucha más opción, los cuatro asintieron y fueron a por su equipaje. Al volver, la propietaria les esperaba con un paraguas y la llave del sitio en la mano, como si fuera a irse.

— ¿Usted no se va a quedar, señora? — preguntó Raúl.

— No, miarma, yo siempre duermo en mi casa, que vivo a unos 20 minutos y ya están cayendo mijillas, así que mejor me voy yendo. Tenéis jamón de jabugo acabado de llegar del pueblo esta tarde. Os lo podéis comer todo, si queréis.

— ¿Tiene pan u otra cosa? — pidió Abril — Es que soy vegetariana.

— Ay, vaya patochás tenéis estos jóvenes de hoy en día… Claro, niña, en la cocina tiene que haber algo de pan y queso, coged lo que necesitéis — dijo la mujer mientras ponía ya rumbo a su casa.

Y así, sin más, los chicos se quedaron a solas en esa casa que parecía ser mucho más antigua que el coche de Óscar.


Mini-capítulo 2

Tal y como había dicho la propietaria, el antiguo coto de caza contaba con dos plantas, una transformada en restaurante y otra en varios dormitorios para los huéspedes.

Justo en la entrada los chicos observaron un mostrador, que parecía actuar tanto de recepción, como barra para tomar una copa. Estaba hecha del mismo tipo de madera que el suelo, color roble oscuro ya desgastado por el tiempo. En las paredes, tapadas por un papel pintado floral, había todo tipo de armas de caza colgadas, como escopetas o hachas. A lo largo de la estancia podían contar unas diez mesas pequeñas con taburetes alrededor, y un sofá de terciopelo verde que parecía más nuevo que el resto del mobiliario. Junto al sofá, la esquina derecha, vieron una sábana blanca tapando a un mueble bastante alto, pero le dieron mayor importancia.

— ¡Qué hambre tengo! Vamos a ver si encontramos ese jamón que ha dicho la vieja — dijo el pelirrojo yendo hacia la puerta del fondo a la izquierda. — ¡Aquí está, chicos! — gritó ya desde la otra habitación. — ¡Puaj! Qué cocina más sucia.

— Vamos Óscar, primero dejemos los equipajes arriba, y después ya bajaremos a cenar algo, ¿vale? — dijo Marta para intentar alejar al chico del jamón antes de que se lo acabara todo.

Al ver que hacía caso omiso, recurrió a la estrategia que siempre usaban con él cuando no quería ir a clase. Con una mirada cómplice con Raúl y Abril, la morena gritó:

— ¡El último en subir su maleta es un huevón!

Al oír eso, Óscar dejó inmediatamente el plato y corrió como nunca había corrido hacia las escaleras, avanzando uno a uno a sus compañeros. Después de él, llegó el otro chico, luego Marta y por último Abril, la cual siempre que hacían eso perdía.

— Chica, — dijo entre jadeos — tenemos que dejar de hacer estas carreritas, ¿eh?, que ya tenemos una edad.

— Exagerada, pero si aún tenemos 25 años — respondió el de las gafas.

— Nosotros sí — interrumpió el pelirrojo, — tú mentalmente tienes que tener unos 60.

— Mira payaso, no me vengas con esas, ¿eh?

— Chicos, chicos, haya calma — dijeron las dos chicas al unísono, ya cansadas de repetirlo cada vez que los otros se peleaban por tonterías.

— Está bien — prosiguió Raúl recolocándose las gafas. — Dejemos el equipaje y vayamos abajo a cenar algo.

Así pues, cada uno de ellos se instaló en una habitación y se reunieron diez minutos después a la planta baja. Empezaron a traer todo lo que vieron comestible de la cocina, que no era mucho, y lo fueron dejando en la mesa más próxima al sofá.

Óscar, como siempre, se escabulló de la tarea y se puso a investigar la sala.

— ¡Hey! ¿Habéis visto este mueble? ¿Para qué lo tapará con una sábana? — gritó a la otra habitación mientras retiraba esta.

Entre la nube de polvo que había provocado, pudo ver que no se trataba de un mueble. Sus ojos se le iluminaron de repente.

— ¿Quieres dejar tus jueguecitos de detective y ayudarnos, mamarracho? — dijo el alto mientras entraba desde la cocina. — ¿Una tragaperras? ¿Esto es cosa tuya?

— ¿Cómo va a ser cosa mía, si la acabo de descubrir, imbécil? — respondió sin quitar los ojos del aparato.

— ¿Ya discutís otra vez? — dijo Marta asomándose. — Oh, no. Hemos perdido a Óscar — continuó con tono bromista, ya que el chico era un fanático de cualquier tipo de juego, sobre todo si involucraba dinero.

— ¿Una partidita? Porfi, porfi, porfi — pidió de rodillas a la morena.

— ¡Yo me apunto! — gritó la otra chica, justo entrando, siendo incapaz de no satisfacer todo lo que el pelirrojo quería.

Marta se acercó a la máquina y la inspeccionó. Pudo ver que había un papel pegado encima de esta, el cual decía lo siguiente: “No jugar. Atente a las consecuencias si lo haces”.

Emm… ¿Habéis leído esto? No me da muy buen rollo, la verdad.

Los otros tres se acercaron y leyeron el papel. Estaba ya amarillento y el celo de un par de las esquinas estaba prácticamente desenganchado.

Bah, chorradas de la vieja esa, seguro que está a punto de ganar el premio y no quiere que nadie se quede su dinero. Vamos, no tenemos nada que perder — expuso sacando una bolsita de monedas del bolsillo del pantalón. Solo él podía llevar eso encima.

Haciendo caso omiso de lo que pudieran decirlo sus amigos, acercó un par de taburetes a la máquina. Se sentó en uno y en el otro dejó todo ese dinero. Arrancó el papel sin miramiento alguno, puso un par de monedas, y tiró de la palanca.

Los números empezaron a girar.


// to be finished

Avi

Rural, España, Juego

Nacido en 1919, Josep Maria Gasull Castells falleció a la edad de 97 años, a la una de la madrugada. Su mujer, Maria Àngela Calls Blancafort, le precedió dos años antes.

Desde el instante en que Mima, como apodábamos cariñosamente a mi abuela, partió, mi Avi experimentó un cambio notable. Su Alzheimer alcanzó niveles más profundos de los que jamás habíamos presenciado. Mima solía bromear diciendo que, de no ser por ella, un día él perdería la razón. Ahora, de alguna manera, esa pequeña broma parece no haber estado tan lejos de la realidad.

Él no hablaba castellano. Fue la promesa que se hizo a sí mismo después de la muerte de Franco. Creo que era la única cosa que nunca llegó a olvidar.

Cada mañana, al concluir mis clases en el instituto, iba a casa de mi tía para comer. Pasaba la tarde allí hasta que mis padres regresaban del trabajo y me recogían para volver a casa. Muchas de esas tardes las compartía con Avi, quien se había trasladado allí debido a su enfermedad. Estaba en un estado tan avanzado que ya no me reconocía, por lo que cada día debía explicarle quién era y por qué estaba allí.

Sin previo aviso, un día me dijo: «Bueno, no sé qui ets, però estic avorrit i vull fer un dòmino. Juguem o què?». Me sorprendí tanto que me apresuré a preparar el juego en la pequeña mesa de madera junto al sofá.

Esa tarde, cerré el trato más preciado de mi existencia: una partida a cambio de una historia.

La primera que compartió fue acerca de su infancia. Nació en el seno de una familia muy humilde en el mismo pueblo donde transcurrió toda su vida, La Garriga. Su padre ejercía como barbero, y mi abuelo solía pasar horas en la barbería observando cómo afeitaba a hombres de diversas estaturas, anchuras y colores. Según Avi, esto resultaba inusual en una época marcada por el racismo, pero al parecer, a mi bisabuelo Jaume no le importaba siempre y cuando le pagaran. Su madre, Adela, gestionaba un pequeño huerto en casa y vendía a las vecinas lo que podía para ganar unos pocos reales. Avi tenía cinco hermanos mayores que él. El mayor se llamaba... «Però es pot saber què li dius a la Júlia pare? No veus que ha de fer els deures! Va, ves cap al sofà i deixa-la en pau». Mi tía lo interrumpió de la misma manera que Mima solía hacerlo, con un toque de mala leche. La historia nunca llegó a completarse, y sinceramente, creo que no iba a recordar los nombres de sus hermanos.

A medida que los días transcurrían, Avi compartía conmigo las historias de su niñez y primera adolescencia: cómo solía robar pan cada vez que iba a la tienda para que la familia no sufriera tanta hambre, cómo pasaba las tardes limpiando zapatos a los hombres más acomodados que visitaban la barbería, y cómo, a los quince años, conoció a una tal Filo que lo trataba de seducir, pero a él le gustaba más su amiga Maria Àngela. Yo quedaba completamente cautivada por sus relatos. Parecía tener grabados a fuego en su mente los recuerdos más antiguos, aunque nunca lograba recordar qué historia me había contado el día anterior, y siempre le tenía que recordar con la frase: «Però aquesta ja me la sé, Avi!».

«¿No t’he explicat mai la batalla en que hauria d’haver mort, oi?». Mi expresión de sorpresa ante esa frase fue tan exagerada que él se echó a reír. Mi tía acudió corriendo al escuchar ese sonido que le evocaba tantos recuerdos. Una pequeña lágrima rebelde asomó en sus ojos antes de que pudiera contenerla. Al explicarle por qué se reía, decidió unirse como oyente a esa misteriosa historia.

Cuando apenas contaba con 19 años, fue llamado a filas para participar en la batalla del Ebro, donde el bando republicano, el de Avi, y el que él llamaba los fachas, se enfrentaron en una lucha tan injusta como trágica en la historia catalana. Jóvenes, desde los 15 hasta los 20 años, fueron masacrados de la manera más cruel como una de las últimas líneas de defensa de los llamados rojos. Mi abuelo nos relató con una expresión de arrepentimiento muy marcada que se consideraba un cobarde total. Para sobrevivir, se ocultó tras unos arbustos, cubierto de barro que había cerca del río, mientras todo transcurría. Permaneció allí tanto tiempo como pudo, presenciando impotente cómo sus compañeros caían ante él. En uno de los descansos del ejército enemigo, echó a correr y se alejó. Regresó a casa dos meses después de todo aquello, desnutrido, sucio y sin el brillo que cualquier joven de su edad debería tener en los ojos.

Mi tía y yo nos miramos boquiabiertas. «Perquè no m’ho has explicat mai això, pare? La mare ho sabia?» Avi respondió con aire triste: «És clar que ho sabia, ella va ser qui va cuidar de mi quan vaig tornar. Parlant de la mare, com és que no està aquí? Ha anat al metge o algo?» Le respondí: «Si, Avi, tornarà d’aqui una estona, anem recollint el domino?» Una mirada cómplice a la vez que triste surgió entre nosotras dos mientras ayudábamos a mi abuelo a recoger.

Gracias a aquel juego, pudimos disfrutar del Avi al que queremos, el Avi que, aunque no siempre nos reconoce, le encanta compartir con nosotras, y nunca mejor dicho, sus batallitas. Nunca he llegado a comprender por qué se sentía un cobarde. No era más que un niño que intentó sobrevivir, y eso, para mí, lo convierte en una de las personas más valientes del mundo.