Mini-capítulo 1
Abril, Marta, Óscar y Raúl viajaban al atardecer en coche por una pequeña carretera de Huelva, camino a Lepe. Marta aún no se creía que Óscar hubiera elegido esa ciudad para celebrar que los cuatro por fin se habían graduado de la carrera de medicina.
— ¡Es el mejor sitio donde ir! ¡Es donde nacen los chistes! Tenemos que ir, chicos — dijo él cuando sacó la pajita más corta dos semanas atrás.
Abril y él iban delante, ella de copiloto, riéndole todas las gracias. Se podría definir a Óscar como el payaso del grupo, ese que se hacía el tonto a veces, pero de tonto no tenía ni un pelo. Ella, en su defecto, estaba cegada por el amor que sentía por él, del cual el pelirrojo era consciente y siempre se aprovechaba.
Marta y Raúl iban detrás, él con la nariz metida entre las páginas de su libro de matemáticas y ella tan solo observando a los otros dos reírse y charlar.
— ¡Raúl vamos! ¡Deja de estudiar ya, que estamos de vacaciones! — dijo el pelirrojo mientras intentaba quitarle el libro a ciegas, sin perder de vista la carretera.
— Déjame en paz. Tú decidiste conducir, yo decidí leer — contestó el chico recolocándose bien sus gafas. — A la próxima, puedes traerte esas consolitas vintage que tanto te gustan y vamos en mi coche.
— Venga chicos, no os pongáis así — dijo la copiloto rubia intentando calmar los ánimos. — Marta, Ayúdame con estos dos simios, porfi.
— A ver…. — ella odiaba tener que intervenir en las conversaciones, pero no le podía decir que no a su amiga. — Conductor, tú, al volante, que no queremos tener un accidente. Raúl, por una vez en su vida, Óscar tiene razón, estamos de vacaciones y dentro de nada anochecerá, ve dejando el libro, venga. Tú, Abril, ya sabes lo que toca: pon nuestra canción.
— ¡A mandar jefa! — Dijeron los tres al unísono, mientras la copiloto puso “Son mis amigos” de Amaral.
Las voces de los cuatro llenaron el vehículo con la letra de esa canción. Esa que tanto tiempo les había acompañado durante la carrera. Mientras cantaban, el coche de Óscar empezó a producir sonidos extraños. Después, a hacer movimientos poco naturales, incluso para esa chatarra de Renault Mégane del 95, que el pelirrojo tenía en un pedestal. De golpe, el motor dejó de funcionar y los cuatro amigos se quedaron tirados en la carretera.
— Perfecto, todo perfecto — se quejó Abril mientras salían del auto. — Estamos en medio de la nada. No tenemos coche, no tenemos cobertura y ¡oh, genial! — miró hacia el cielo, mirada que todos los amigos siguieron, para ver como pequeñas gotas empezaban a caer, mojando las hojas de las encinas plantadas cerca de la carretera, — ahora se pone a llover — continuó, más estresada que cuando tuvieron que diseccionar a aquel cerdo para la clase de anatomía. — Tendríamos que estar ya en nuestro hotel, si no fuera porque alguien quería parar a comprar unos sudokus — dijo mirando con cara de asesina al de las gafas, el cual solo pudo hacer una sonrisa torcida en señal de disculpa.
— Mirad chicos, se ve un poco borroso, pero parece que ese cartel pone “hostal”. Tal vez podamos ir a ver si nos pueden echar una mano con el coche, o si nos dejan usar su teléfono para llamar a una grúa. Incluso podríamos dormir aquí — dijo Marta señalando un cartel que parecía que tenía más de 30 años, desgastado ya por el paso del tiempo.
Los amigos subieron el sendero que llevaba hasta la puerta principal y llamaron al timbre. Una mujer de pelo canoso y piel arrugada les abrió. Óscar se rio de manera discreta susurrándole a Abril que la dueña se llamaba “capitana moño-blanco”, ya que llevaba ese típico parche de piratas tapándole un ojo, y lo que parecía ser una pierna ortopédica.
Una vez los otros dos chicos le contaron la situación a la mujer, ella les dijo con el acento muy marcado:
— Pues estáis de suerte, chiquillos, ahora mismo no tenemos huéspedes, así que tenéis toda la casa para vosotros. Antiguamente, había sido un coto de caza, así que no os asustéis si veis armas o animales disecados por aquí. ¡Ozús niña! No te preocupes, eso ya no lo hacemos — dijo al ver la reacción de la rubia ante sus palabras. — Ahora solo tenemos un restaurante en la planta baja y unas cuantas habitaciones arriba. Ni el móvil ni el fijo funcionan bien cuando se acercan tormentas como hoy, así que podéis pasar aquí la noche y mañana os llamo a la grúa, ¿Qué os parece, bonicos?
Al no tener mucha más opción, los cuatro asintieron y fueron a por su equipaje. Al volver, la propietaria les esperaba con un paraguas y la llave del sitio en la mano, como si fuera a irse.
— ¿Usted no se va a quedar, señora? — preguntó Raúl.
— No, miarma, yo siempre duermo en mi casa, que vivo a unos 20 minutos y ya están cayendo mijillas, así que mejor me voy yendo. Tenéis jamón de jabugo acabado de llegar del pueblo esta tarde. Os lo podéis comer todo, si queréis.
— ¿Tiene pan u otra cosa? — pidió Abril — Es que soy vegetariana.
— Ay, vaya patochás tenéis estos jóvenes de hoy en día… Claro, niña, en la cocina tiene que haber algo de pan y queso, coged lo que necesitéis — dijo la mujer mientras ponía ya rumbo a su casa.
Y así, sin más, los chicos se quedaron a solas en esa casa que parecía ser mucho más antigua que el coche de Óscar.
Mini-capítulo 2
Tal y como había dicho la propietaria, el antiguo coto de caza contaba con dos plantas, una transformada en restaurante y otra en varios dormitorios para los huéspedes.
Justo en la entrada los chicos observaron un mostrador, que parecía actuar tanto de recepción, como barra para tomar una copa. Estaba hecha del mismo tipo de madera que el suelo, color roble oscuro ya desgastado por el tiempo. En las paredes, tapadas por un papel pintado floral, había todo tipo de armas de caza colgadas, como escopetas o hachas. A lo largo de la estancia podían contar unas diez mesas pequeñas con taburetes alrededor, y un sofá de terciopelo verde que parecía más nuevo que el resto del mobiliario. Junto al sofá, la esquina derecha, vieron una sábana blanca tapando a un mueble bastante alto, pero le dieron mayor importancia.
— ¡Qué hambre tengo! Vamos a ver si encontramos ese jamón que ha dicho la vieja — dijo el pelirrojo yendo hacia la puerta del fondo a la izquierda. — ¡Aquí está, chicos! — gritó ya desde la otra habitación. — ¡Puaj! Qué cocina más sucia.
— Vamos Óscar, primero dejemos los equipajes arriba, y después ya bajaremos a cenar algo, ¿vale? — dijo Marta para intentar alejar al chico del jamón antes de que se lo acabara todo.
Al ver que hacía caso omiso, recurrió a la estrategia que siempre usaban con él cuando no quería ir a clase. Con una mirada cómplice con Raúl y Abril, la morena gritó:
— ¡El último en subir su maleta es un huevón!
Al oír eso, Óscar dejó inmediatamente el plato y corrió como nunca había corrido hacia las escaleras, avanzando uno a uno a sus compañeros. Después de él, llegó el otro chico, luego Marta y por último Abril, la cual siempre que hacían eso perdía.
— Chica, — dijo entre jadeos — tenemos que dejar de hacer estas carreritas, ¿eh?, que ya tenemos una edad.
— Exagerada, pero si aún tenemos 25 años — respondió el de las gafas.
— Nosotros sí — interrumpió el pelirrojo, — tú mentalmente tienes que tener unos 60.
— Mira payaso, no me vengas con esas, ¿eh?
— Chicos, chicos, haya calma — dijeron las dos chicas al unísono, ya cansadas de repetirlo cada vez que los otros se peleaban por tonterías.
— Está bien — prosiguió Raúl recolocándose las gafas. — Dejemos el equipaje y vayamos abajo a cenar algo.
Así pues, cada uno de ellos se instaló en una habitación y se reunieron diez minutos después a la planta baja. Empezaron a traer todo lo que vieron comestible de la cocina, que no era mucho, y lo fueron dejando en la mesa más próxima al sofá.
Óscar, como siempre, se escabulló de la tarea y se puso a investigar la sala.
— ¡Hey! ¿Habéis visto este mueble? ¿Para qué lo tapará con una sábana? — gritó a la otra habitación mientras retiraba esta.
Entre la nube de polvo que había provocado, pudo ver que no se trataba de un mueble. Sus ojos se le iluminaron de repente.
— ¿Quieres dejar tus jueguecitos de detective y ayudarnos, mamarracho? — dijo el alto mientras entraba desde la cocina. — ¿Una tragaperras? ¿Esto es cosa tuya?
— ¿Cómo va a ser cosa mía, si la acabo de descubrir, imbécil? — respondió sin quitar los ojos del aparato.
— ¿Ya discutís otra vez? — dijo Marta asomándose. — Oh, no. Hemos perdido a Óscar — continuó con tono bromista, ya que el chico era un fanático de cualquier tipo de juego, sobre todo si involucraba dinero.
— ¿Una partidita? Porfi, porfi, porfi — pidió de rodillas a la morena.
— ¡Yo me apunto! — gritó la otra chica, justo entrando, siendo incapaz de no satisfacer todo lo que el pelirrojo quería.
Marta se acercó a la máquina y la inspeccionó. Pudo ver que había un papel pegado encima de esta, el cual decía lo siguiente: “No jugar. Atente a las consecuencias si lo haces”.
— Emm… ¿Habéis leído esto? No me da muy buen rollo, la verdad.
Los otros tres se acercaron y leyeron el papel. Estaba ya amarillento y el celo de un par de las esquinas estaba prácticamente desenganchado.
— Bah, chorradas de la vieja esa, seguro que está a punto de ganar el premio y no quiere que nadie se quede su dinero. Vamos, no tenemos nada que perder — expuso sacando una bolsita de monedas del bolsillo del pantalón. Solo él podía llevar eso encima.
Haciendo caso omiso de lo que pudieran decirlo sus amigos, acercó un par de taburetes a la máquina. Se sentó en uno y en el otro dejó todo ese dinero. Arrancó el papel sin miramiento alguno, puso un par de monedas, y tiró de la palanca.
Los números empezaron a girar.
// to be finished

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