relato que empiece con el clima que hace
Era un día lluvioso. El sonido de las gotas impactando contra el cristal de la claraboya era lo único que rompía el silencio.
Bueno, eso y los pocos jadeos que Joaquín emitía mientras seguía luchando aún por su vida.
Yo estaba sentada en el suelo, a los pies de la cama. Rodeaba mis rodillas con el brazo izquierdo y sostenía el cuchillo ensangrentado con la mano del contrario.
— No hagas esfuerzos. Te dolerá más. Joaquín, que no te muevas. En veinte minutos te vas a desangrar por completo, así que no es necesario montar tanto drama, que me vas a manchar la alfombra.
El muy cabrón seguía luchando, y mira que se había tomado clonazepam como para tumbar a un caballo.
— A ver, Joaquín de mi vida. ¿No lo has entendido aún, verdad? — Me levanté y fui hacia él. — Hoy vas a morir. Si te portas bien, va a ser una muerte suave, un poco dolorosa, pero suave. Te quedarás dormidito poco a poco, pero no sufrirás. Ahora, — un grito ahogado salió de su garganta mientras le volvía a clavar el cuchillo en uno de los agujeros que ya le había hecho —, si quieres jugar, por mí adelante.
No era capaz de formar palabras. Solo emitía ruidos parecidos a súplicas.
— ¿La primera opción, entonces? Buen chico.
Me levanté y procuré no ensuciarme las botas con el desastre que ese puto gordo estaba provocando.
— Joder, Joaquín, con la cantidad de azúcar que debes de tener en sangre, tendré que usar un quitamanchas especial.
Fui hasta el fregadero y empecé a limpiar a Emma. Así es como llamaba a mi arma favorita. El capullo este se pensaba que le iba a presentar a otra puta cuando le hablé de ella. Casi, casi, casi rompí el papel de chica buena al reírme. Suerte que no pasó, o si no hubiera tenido que drogarlo y matarlo en el bar directamente. Hubiera sido una tocada de cojones, la verdad.
Miré cómo las gotas de sangre mezcladas con agua y jabón se deslizaban por el precioso cuerpo de Emma. Joder, era un espectáculo igual de bonito que mirar al tragaluz un día lluvioso como el de hoy. ¡Qué coño, igual no, era incluso más bonito!
Otro gemido salió de su garganta.
— A ver, Joaquín, ¿pero no ves que estoy intentando apreciar los pequeños momentos que me regala la vida? — Suspiré. — ¿Qué mierdas quieres ahora?
Me giré para verle. Se estaba arrastrando hacia la puerta del loft. Suspiré otra vez.
— Joaquín, Joaquín, Joaquín, ¿pero no ves que está cerrada? ¿De verdad te piensas que soy tan estúpida como para no haber pasado la llave justo antes de darte la copa con la droga? — Chasqueé la lengua varias veces en forma de desaprobación. — Mira, hoy me siento generosa. Vamos a hacer una cosa: si cooperas, te contaré quién me ha contratado para que te mate, ¿qué te parece?
Los ojos del gordo se abrieron de par en par.
— ¿Es que acaso pensabas que hacía esto por gusto, Joaquín? — me reí con fuerza. — Como si no tuviera nada más que hacer un puto miércoles por la noche, que salir a un bar de mala muerte petado de ricachones asquerosos y putas vestidas de niñas de quince años. No me jodas, Joaquín.
Dejé a Emma con delicadeza sobre el escurreplatos y me dirigí hacia esa masa de carne ensangrentada. Le agarré de la barbilla para que me mirara a los ojos.
— Pues mira, Joaquinín, la persona que me ha contratado no es ni más ni menos que tu hija — sus ojos se hicieron más grandes aún. — No te creas que le he hecho muchas preguntas tampoco, ¿eh? Tan solo me dejó un mensaje con el quién, el dónde y el cuándo. Junto a, obviamente, una gran suma de dinero para cuando haya cumplido el trabajo. ¿Sabes? Es muy triste que tu niñita sepa qué antros frecuentas, teniendo en cuenta que además tiene la misma edad que la que intentan aparentar sus… vamos a llamarlas empleadas.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, puso cara de confusión.
— ¿Qué te pasa, Joaquín? ¿Intentas decirme algo?
Me hizo señas con una de sus manos atadas a la espalda.
— ¿Tu cartera? Oh, entiendo, ¿quieres darme más dinero que tu hija para que no te mate? Pero bueno, Joaquín, eres todo un hombre de negocios. ¿De qué cantidad estaríamos hablando exactamente?
Metí la mano en su pantalón y saqué el fajo de billetes que había dentro.
— A ver, cien, ciento cincuenta, doscientos, … Uh, quinientos, y otros quinientos… Vaya, vaya, Joaquín. Pero si con todo ese dinero, debes de llevar encima más de diez mil. ¿No te explicó mamá que así mujeres malas se intentarían aprovechar de ti? “Es que me han robado, es que me han robado” — solté con tono burlón, subiendo las manos para enfatizar la mofa. — Pues claro que te han robado, inútil. ¿No ves que lo estás pidiendo a gritos enseñando tanto billete?
Me levanté y dejé el dinero encima de la mesita de noche. Puse mis pensamientos en orden. Si lo dejaba con vida, su vástaga no me iba a pagar lo prometido. Pero, por otro lado, ya tenía el dinero del gordo, y dudo que me lo pudiera arrebatar a esas alturas. Era el plan perfecto, me quedaba con más del doble por no hacer nada extra.
— Lamentablemente, Joaquín, tengo que informarte que no te voy a poder salvar — soltó un gruñido. — No te lo tomes a mal, hombre, no es nada personal. Eres el mejor postor, eso está claro, pero eso tu hija no tiene por qué saberlo. Más dinero para mí, y todos contentos. Bueno, menos tú, pero son daños colaterales ineludibles.
— Yo…
— ¡Joaquín! ¡Si incluso aún puedes hablar y todo! Pero qué grata sorpresa. Dime, corazón, ¿cuáles quieres que sean tus últimas palabras?
— Yo… no…
— ¡Tú puedes, Joaquín! ¡Ánimo!
— Yo no me llamo Joaquín… yo soy… Gustavo.
— Mierda.

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