con final abierto, pero no inconcluso
Salí del vagón. Hacía frío. Estaba claro que no había escogido bien mi conjunto para aquella noche. Era el cumpleaños de Bea y nos había pedido que nos vistiéramos bien guapas. Total, ¿para qué? ¿Para acabar a las tres de la mañana en un bar de mierda donde los tíos solo querían arrimar cebolleta y las chicas perreaban a todo dios? Tendría que haberme quedado en casa, tranquila, con los gatos. Pero no, ahí estaba, con un trozo de vestido manchado del vómito y a falta de unas escaleras automáticas y diez manzanas para llegar a casa.
Mis tacones resonaban por el andén vacío. Era una sensación extraña. Sentía tranquilidad, pero a la vez incomodidad, como aquellas imágenes que corren por Reddit de los liminal spaces. No es normal que un sitio tan concurrido esté ahora sin un alma.
Sentí un escalofrío mientras subía las escaleras automáticas. Me giré. Había un hombre que me sacaba unos treinta años. Antes no estaba. Debía de haber aparecido por la otra entrada del andén. Si era así, ¿por qué se dirigía hacia mí y no esperaba al siguiente metro?
Apresuré mi paso.
Él hizo lo mismo, manteniendo la misma distancia.
Una vez fuera de la boca del metro, intenté buscar algún taxi que me pudiera llevar, pero no había ninguno a la vista, y menos en el barrio en el que me podía permitir vivir.
Saqué el móvil y marqué el número de Bea.
Biiip.
Biiip.
Bip. Bip. Bip. Bip.
— Holii, has llamado a Bea, hoy es mi cumple así que si no contesto seguro que es porque estoy de fiesta. ¡Deja de tocar los huevos y apúntate zorra!
Sin respuesta.
Mierda.
Volví a apresurar el paso.
Volvió a hacer lo mismo.
Al girar la cabeza, esta vez me di cuenta de como era. Su mirada era lasciva, me miraba las piernas. Llevaba una camiseta de una talla mucho más grande que la que le correspondía, y absolutamente todo lo que llevaba estaba manchado con pintura. Su mano estaba dentro de sus pantalones. Y se estaba moviendo.
Otro escalofrío me recorrió el cuerpo. No podía correr con esos tacones. Si apretaba el paso, él lo iba a hacer también. Tenía que pensar rápido. Por muy destartalado que fuera y borracho que pareciera, ese tío me podía tumbar en medio segundo.
Cogí el móvil otra vez. Llamé al 112.
— ¿Emergencias, dígame?
— Emm… hola, un tipo muy raro me está siguiendo, y creo que me quiere violar — mi voz no era más que un susurro.
— Perdone, señorita, si habla tan bajito no la puedo entender, ¿me lo puede repetir?
— Un hombre me persigue. Por favor, ayúdeme — miré hacia atrás —. Cada vez está más cerca.
— Está bien señorita, mantenga la calma. ¿Dónde se encuentra? ¿Señorita? ¿Hola?
— ¡No! ¡Por favor! ¡Suéltame! ¡Ayuda, que alguien me ayude!
— Señorita, no se preocupe, un coche de policía está de camino. Todo va a estar bien. ¿Señorita?

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