En la mesita, el parpadeo del móvil de Jamie rompió la oscuridad de la habitación. La alarma empezó a sonar y la chica se revolvió bajo las sábanas.
No podía soportar los despertadores ni los relojes. En general, cualquier cosa que midiera el paso de las horas. Y no solo porque la obligaban a llegar puntual a una cita a la que no le apetecía acudir, o porque la empujaban a levantarte de la cama para ir a trabajar. La convertían en esclava del tiempo. Es por eso se negaba a añadir un reloj a sus complementos diarios, ni siquiera de pulsera.
Sus dedos lograron encontrar el teléfono y, entre bostezos, le dio al botón de detener. Con pereza, se acurrucó aún más, como un hámster dentro de su nido, para disfrutar de ese limbo entre el sueño y la vigilia antes de disponerse a empezar su día. Al fin, y con un suspiro resignado, la chica se sentó en la cama y dejó que sus pies tocaran el suelo frío.
Volvió a agarrar su teléfono y se percató esta vez de que tenía diez notificaciones provenientes de un número oculto. Intrigada, frunció el ceño y entró en el chat. Ante sus ojos, letras desordenadas se arremolinaban en una danza caótica y formaban palabras sin sentido aparente. Entrecerró los ojos, tratando de descifrar el mensaje. Sin embargo, los caracteres parecían negarse a encontrar su lugar. Una risa cansada escapó de sus labios. Aquello no era más que una broma absurda, producto de la imaginación de algún adolescente aburrido. Con un gesto despreocupado, descartó los mensajes y se levantó para vestirse.
Bajó las escaleras a paso ligero, guiada por el aroma del café recién molido de la pequeña cafetería bajo su apartamento. El tintineo de la campana de la puerta anunció su llegada, y el cálido ambiente la envolvió en un abrazo acogedor.
— ¡Buenos días, Jamie! — saludó la barista con una sonrisa.
— Buenos días, Mia. Lo de siempre, por favor.
El café con leche humeante, el croissant dorado y un paquete de donuts, se posaron frente a ella en el mostrador. Una vez pasada la tarjeta, no pudo evitar hacer una mueca al ver el recibo que el datáfono acababa de imprimir. El total marcaba nueve dólares.
— ¿Habéis bajado los precios? ¿Seguro que me has cobrado bien? — alzó una ceja en señal de incredulidad.
Mia asintió con firmeza.
— Pues sí, es lo que te cobro siempre. ¿Va todo bien, chica?
— Sí, sí, perdona, aún debo de seguir dormida. Nada que no arregle uno de tus cafés.
Un poco perpleja, aceptó el pedido y siguió su camino hacia el trabajo.
Jamie atravesó la puerta de la oficina y distribuyó los donuts a sus colegas mientras intercambiaba saludos matutinos. Al llegar a su escritorio, se preparó para sumergirse en su trabajo. Pero parecía que el ordenador tenía otros planes. No conseguía encenderlo. Se agachó bajo la mesa y descubrió que la regleta no estaba prendida. Le dio al interruptor y se sentó en su silla. Cuando el monitor cobró vida, un documento apareció en medio de la pantalla sin previo aviso. En el encabezado, una palabra destacaba en negrita: «Ocho». Intrigada, examinó el archivo con curiosidad, nunca lo había visto.
Decidió pedir ayuda a Laura, del departamento de informática. Al explicarle lo que pasaba, la técnica revisó el ordenador, pero, después de un momento, agitó la cabeza.
— Parece ser un error de formato, Jamie. No parece haber ningún problema real.
Ella asintió y se dispuso a seguir trabajando, aunque no estaba del todo convencida.
El día avanzó con una rapidez inesperada, y Jamie se encontró inmersa en su labor, sin apenas percatarse del tiempo. Fue cuando sus compañeros la invitaron a probar el nuevo restaurante chino, que se dio cuenta de lo tarde que era.
Junto a su animado grupo, llegó al local, donde el aroma de especias y sabores exóticos llenaba el aire. El camarero les dio la bienvenida con una sonrisa y, al acercarse a Jamie, le preguntó con las manos entrelazadas sobre su pecho:
— ¿Cuántos?
La chica contó mentalmente a sus compañeros.
—Somos siete, gracias — dijo con una sonrisa torcida mientras levantaba el mismo número de dedos frente a él.
El almuerzo fue una experiencia deliciosa, con platos que despertaron sus papilas gustativas y conversaciones animadas. No obstante, una pequeña chispa de curiosidad seguía ardiendo dentro de ella.
Con el estómago satisfecho, Jamie regresó a la oficina. Mientras organizaba sus cosas, su atención fue atraída por un memorando que reposaba sobre su escritorio. Al abrirlo, se encontró con una notificación sobre una reunión programada para el día siguiente a las seis de la tarde.
La oficina solía cerrar una hora antes. Frunció el ceño, atribuyendo la discrepancia a un simple error tipográfico. Mandó un email a su superior para indicarle el fallo. Una vez enviado, guardó el documento en su carpeta y se preparó para abordar el resto de la tarde laboral.
Al final de su jornada, se encaminó hacia el ascensor, lista para dejar atrás esos acontecimientos tan raros de su día.
La puerta se cerró con un susurro mecánico, dejándola sola en el interior. Observó el panel de botones, y solo uno brillaba con luz ámbar: "Piso 5". Al presionarlo, el mecanismo comenzó a ascender a una velocidad más rápida de lo usual.
Cuando el «ding» que indicaba la llegada sonó, Jamie se encontró en una planta desconocida. La habitación estaba despojada de muebles y decoraciones, bañada en una penumbra extraña. Un escalofrío recorrió su espalda, y una sensación de inquietud la envolvió. El lugar parecía ajeno a cualquier parte del edificio que hubiera visto antes. No reconoció ni una sola característica familiar.
La incertidumbre y el temor irracional empezaron a apoderarse de ella. No quería permanecer allí ni un momento más. Presionó el botón que la llevaría a la planta baja. Esta vez el trayecto fue aún más rápido. Cuando las puertas se abrieron, salió de aquel sitio casi corriendo. Deseaba regresar a casa.
Jamie esperaba con la mente inmersa en los misterios del día. Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando el sonido del motor y el chirriar de los frenos anunciaron la llegada de un vehículo.
Cuando miró, vio que se había parado frente a ella el autobús número cuatro. Ese número de ruta había sido descartado unos años atrás, después de ese accidente, y ya no formaba parte del habitual repertorio de transporte público de su ciudad. Pero, para su sorpresa, el destino anunciado estaba en la misma dirección en la que ella necesitaba ir.
Tomó una decisión impulsiva y subió a bordo. Los pelos de su nuca se erizaron al ver que no había ningún otro pasajero aparte del conductor y ella. Intentó relajarse y se sentó para observar por la ventana como los edificios de oficinas se transformaban, poco a poco, en apartamentos residenciales.
Unos minutos después, el vehículo se detuvo exactamente frente a la puerta del edificio de la chica. Sin tener muchas más opciones, se apeó y se dirigió hacia su casa.
Al acercarse a la puerta de su apartamento, su atención fue capturada por un paquete misterioso que descansaba en el umbral. Lo recogió con cuidado, sintiendo la textura rugosa del papel y la firmeza del contenido.
Entró, y se dispuso a abrirlo. Al hacerlo, se encontró con un reloj plateado. Se fijó en la hora. Parecía que no le quedaba pila, ya que las manecillas estaban congeladas a las tres en punto. Aun así, escuchaba un «tic, tac». Por alguna razón ese sonido le perforaba los oídos, tenía que pararlo como fuera. Algo repentino la incitó a ponerse el aparato en la muñeca. Con esa acción, el sonido del minutero inmóvil cesó, y Jamie respiró aliviada.
Jamie decidió que la mejor manera para distraerse de ese día tan extraño era sumergirse en una tarea familiar y reconfortante: cocinar.
Abrió su libro de cocina favorito, dejando que las páginas llenas de recetas se desplegaran ante ella. Cerró los ojos y deslizó su dedo por las páginas, deteniéndose en una receta al azar. Cuando los abrió, se encontró con una receta de estofado. Arqueó una ceja.
La lista de ingredientes requería dos de cada ingrediente: cebollas, zanahorias, patatas… Pasó a la siguiente receta, pero el mismo patrón se volvía a repetir. Y así sucesivamente. Todas las recetas de ese libro contenían el mismo número de ingredientes.
Jamie no podía más. Decidió irse a la cama sin cenar.
Sin querer tocar ningún otro libro físico durante un buen tiempo, Jamie se dispuso a tumbarse en su cama y coger su kindle. «Esta vez sí, esta vez todo será como siempre», pensó mientras el dispositivo se encendía.
Una cuadrícula de portadas apareció en su pantalla. Todas ellas mostraban la misma información.
Título: Uno Autor: Uno Uno Año de publicación: 1111
Al abrir el primero, una página llena de la palabra «uno» se extendió frente de ella.
La sorpresa permaneció en cara por un momento antes de que una sensación de calma y determinación la invadiera. Sin previo aviso, la pequeña tableta se le resbaló de las manos y sus ojos se cerraron. Se sumergió en un profundo sueño.
— ! … y, CERO! ¡Despierta! — gritó una voz distorsionada delante de ella, mientras chasqueaba los dedos.
Miles de aplausos empezaron a resonar por esa estancia desconocida en la que Jamie se encontraba. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Estaba en un escenario, sentada en un taburete. Frente a ella, pudo discernir la silueta de quien había estado haciendo la cuenta hacia atrás.
Bajó del escenario y regresó con sus acompañantes. Se sentó al lado de Mia.
— Vamos, no nos mientas — dijo Laura, — seguro que te has hecho la dormida, ¿verdad?
— Sí, sí, claro — contestó con una risa nerviosa.
Estaba claro que había vivido un día en una vida distinta a la suya. Pero, pensó Jamie, al fin y al cabo, todo había sido un sueño. O eso se dijo a sí misma mientras acariciaba su reloj de manecillas congeladas.

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