El sonido de la cinta de embalar interrumpió mi siesta matutina. Sin abrir los ojos, dirigí mis orejas hacia la fuente del ruido.
— Cala, ve al sofá, va, que necesito la cama libre.
Con un maullido perezoso, estiré mis patitas y me encaminé al salón. Allí se encontraba una de mis dueñas, ocupando mi lugar preferido. Sin intenciones de cederle el espacio, decidí saltar sobre su regazo y permitirle acariciarme.
— Calaló, preciosa, ¿vienes a tumbarte con la iaia? — Suspiró. — Os voy a echar tanto de menos a las dos… Pero no te olvides de mí, ¿eh? Os vendré a ver siempre que pueda.
Las carantoñas que provocaban mi ronroneo y la voz sosegada del presentador de noticias me sumergieron lentamente en un sueño profundo.
«Ding dong»
El Intruso.
— Hola amor, gracias por venir, entre nosotras es demasiado difícil meterla en el transportín.
Oh, no.
No podía tomarme mi tiempo para estirarme. Corrí tan rápido como pude y me escondí debajo de la cama. Las zapatillas de mi mamá y los zapatos de ese imbécil aparecieron en mi campo de visión.
— ¿Cala? Cala, amor, no te escondas. Esta vez no iremos al veterinario, te lo prometo. Nos vamos a la nueva casa.
Una mano intentó alcanzarme. La olí. Era ella. En ella confío. Me acerqué un poco más.
— ¡Ya te tengo! — el Intruso vitoreó mientras me agarraba como la escena de mi película favorita. — Ahh cigüeña, baba bitsi baba….
— Miiaaau — tenía que salir de ahí.
— ¡Roberto! ¿No ves que ya está suficientemente nerviosa la pobre? Déjala encima de la cama.
— Miaaaauuu — por favor, dejadme tranquila.
— Chicos, ¿Qué le hacéis a la pobre? Está gritando.
— Nada, Mami. No le gustan los transportines, y se pone como loca. Por favor, cierra la puerta y déjanos hacer. No queremos que pase lo de la última vez — mi mamá le enseñó a la abuela la cicatriz del zarpazo que le hice. No fue mi culpa, me quisieron meter en la caja del demonio. Tenía que defenderme.
Observé cómo mi iaia se colocaba los auriculares para no escuchar mis maullidos y cerraba la puerta tras de sí. Siempre lo pasaba peor que yo.
— Vale, a la de tres, yo la tapo con la manta y tú aguantas el transportín.
— Miaaaauuu.
— Una…
— Miaaaauuuuu.
— Dos…
— Miiiiiaaaaaauuuuu.
— ¡Y tres!
Todo se volvió negro. No veía nada. Pataleé, mordí, maullé con todas mis fuerzas. De repente, estaba dentro de la caja.
— ¡Muy bien, amor! Lo has hecho genial — un dedo se deslizó por uno de los agujeros de la puerta. — Toma, una chuche para el camino — Se dirigió al salón. — ¡Mami, ya está hecho, puedes quitarte los cascos!
La cara del Intruso se acercó a mi nivel.
— No te preocupes, bola. En nada estamos en casa. Te prometo que todo va a ir bien. Sé que yo no te gusto, pero te va a encantar Rocket.
¿Rocket? ¿Quién es Rocket?
Cuando el coche de detuvo, dejé de maullar.
— No hay sitio para aparcar. Paro un momento aquí y os bajáis. Acércame a mi amorcito — el Intruso movió la caja del demonio y me aproximó a la abuela. — Amor, te voy a echar muchísimo de menos, no sé qué voy a hacer sin vosotras en casa. Voy a llegar, y va a estar vacía — se le escapó un sollozo.
— ¡Mami! No seas tan «drama queen», que aún no hemos terminado la mudanza. Además, podrás venir todas las veces que quieras.
— Pero no va a ser lo mismo. ¿Estáis seguros de que queréis llevárosla? Yo puedo cuidarla, ¿eh?
— Qué pesada — mi mamá resopló. — Vamos, que ese coche quiere salir del parking. Avísanos cuando llegues a casa — le dió un beso en la mejilla y salió del coche.
— Adiós, Pili, gracias por traernos. Lo que ha dicho Juls va en serio, ven cuando quieras. Tanto ella, como Cala, como yo estaremos encantados de verte.
— Miaaaauuu.
— Adiós, preciosa de la iaia. Te quiero muchísimo. Adiós Roberto, cuídamelas.
— Están en buenas manos, te lo prometo.
Ese lugar olía diferente que el veterinario. ¿Dónde estábamos?
— ¿Miauu?
— ¡Bienvenida a nuestra nueva casa, Caliua! Viviremos los cuatro aquí a partir de ahora.
Una sombra al final del pasillo me sorprendió. No era un ser humano. Me acerqué un poco. Ojos verdes, orejas puntiagudas, pelaje gris.
— Rocket, ven a conocer a tu nueva hermanita — parecía que el Intruso trataba mejor a ese animal que a mí.
Se aproximó lentamente. Me olfateó, y yo correspondí con el mismo gesto.
— Maaaaaauuuu — no me gustó. Parecía que mi advertencia no tuvo ningún efecto en él. Permanecía allí, sentado, investigando mi olor. Le bufé. Al menos eso pareció afectarle. Se fue corriendo por donde había venido. Victoria.
— ¡Cala! No seas tan mala, solo ha venido a saludarte — mi mamá se sentó entre nosotros. — Vamos, ven aquí, Roquesito, tú también.
Nos acercamos poco a poco. Intenté subir a su regazo, pero ese bribón fue más rápido. Eché a correr. No conocía ese lugar, pero tenía que encontrar la cama y meterme debajo. Era el sitio más seguro.
— ¡Cala, que no pasa nada! — se escuchó la voz del Intruso, ya lejana a mis oídos.
Por fin hallé una. No podía creerlo. No había espacio debajo. No podía meterme ahí.
— No puedes esconderte debajo de un canapé, ¿no ves que no cabes? — Odiaba a ese tío. — Vamos, métete debajo de las sábanas, eso siempre te tranquiliza, ¿no? — Levantó el edredón y me metí debajo, sintiéndome calentita. — Te dejo dormir un rato, así te acostumbras a la habitación. ¡Juls! Cala necesita una siesta, la dejo en la cama, ¿vale?
Soñé con todo. Soñé con mi iaia, con mi mamá, con el Intruso. Soñé que me llevaban a una casa extraña, con un animal completamente inferior a mí. Soñé que ya no podría acurrucarme jamás con mi abuela en nuestro rincón del sofá. Soñé que ya no me querían.
Una mano me sacó de mi pesadilla. Era mi mamá.
— Buenos días, princesa. Parece que al final te ha gustado la casa. Tanto, que ni te has dado cuenta con quién te has acurrucado cuando hemos venido a echar la siesta contigo.
Miré hacia arriba. ¿El Intruso? No, ese nombre ya no me gustaba para él. Estaba en su regazo, y me estaba mimando. No podía ser un intruso.
— ¿Miau?
¿Otro maullido? El gato de antes se acercó hacia donde estábamos. Iba a bufarle justo cuando empezó a lamerme la cabeza. Esa sensación… no era tan desagradable.
— Owwwn, Rocket te está pidiendo permiso para tumbarse con vosotros, ¿verdad que le dejas, Caliua?
Decidí darle mi aprobación, solo por esta vez, porque hacía frío y tenía sueño. Nos acurrucamos.
— Lo que tengo que aguantar. ¿Por qué se me ponen los dos encima?
— Eso es porque eres un «cat dad» — mi mamá se rió y se acurrucó con nosotros.
Mientras me iba quedando dormida, pensé que papá tampoco era tan mal nombre para el Intruso. Tal vez todo esto no iba a ser tan malo.

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