martes, 13 de febrero de 2024

Avi

Rural, España, Juego

Nacido en 1919, Josep Maria Gasull Castells falleció a la edad de 97 años, a la una de la madrugada. Su mujer, Maria Àngela Calls Blancafort, le precedió dos años antes.

Desde el instante en que Mima, como apodábamos cariñosamente a mi abuela, partió, mi Avi experimentó un cambio notable. Su Alzheimer alcanzó niveles más profundos de los que jamás habíamos presenciado. Mima solía bromear diciendo que, de no ser por ella, un día él perdería la razón. Ahora, de alguna manera, esa pequeña broma parece no haber estado tan lejos de la realidad.

Él no hablaba castellano. Fue la promesa que se hizo a sí mismo después de la muerte de Franco. Creo que era la única cosa que nunca llegó a olvidar.

Cada mañana, al concluir mis clases en el instituto, iba a casa de mi tía para comer. Pasaba la tarde allí hasta que mis padres regresaban del trabajo y me recogían para volver a casa. Muchas de esas tardes las compartía con Avi, quien se había trasladado allí debido a su enfermedad. Estaba en un estado tan avanzado que ya no me reconocía, por lo que cada día debía explicarle quién era y por qué estaba allí.

Sin previo aviso, un día me dijo: «Bueno, no sé qui ets, però estic avorrit i vull fer un dòmino. Juguem o què?». Me sorprendí tanto que me apresuré a preparar el juego en la pequeña mesa de madera junto al sofá.

Esa tarde, cerré el trato más preciado de mi existencia: una partida a cambio de una historia.

La primera que compartió fue acerca de su infancia. Nació en el seno de una familia muy humilde en el mismo pueblo donde transcurrió toda su vida, La Garriga. Su padre ejercía como barbero, y mi abuelo solía pasar horas en la barbería observando cómo afeitaba a hombres de diversas estaturas, anchuras y colores. Según Avi, esto resultaba inusual en una época marcada por el racismo, pero al parecer, a mi bisabuelo Jaume no le importaba siempre y cuando le pagaran. Su madre, Adela, gestionaba un pequeño huerto en casa y vendía a las vecinas lo que podía para ganar unos pocos reales. Avi tenía cinco hermanos mayores que él. El mayor se llamaba... «Però es pot saber què li dius a la Júlia pare? No veus que ha de fer els deures! Va, ves cap al sofà i deixa-la en pau». Mi tía lo interrumpió de la misma manera que Mima solía hacerlo, con un toque de mala leche. La historia nunca llegó a completarse, y sinceramente, creo que no iba a recordar los nombres de sus hermanos.

A medida que los días transcurrían, Avi compartía conmigo las historias de su niñez y primera adolescencia: cómo solía robar pan cada vez que iba a la tienda para que la familia no sufriera tanta hambre, cómo pasaba las tardes limpiando zapatos a los hombres más acomodados que visitaban la barbería, y cómo, a los quince años, conoció a una tal Filo que lo trataba de seducir, pero a él le gustaba más su amiga Maria Àngela. Yo quedaba completamente cautivada por sus relatos. Parecía tener grabados a fuego en su mente los recuerdos más antiguos, aunque nunca lograba recordar qué historia me había contado el día anterior, y siempre le tenía que recordar con la frase: «Però aquesta ja me la sé, Avi!».

«¿No t’he explicat mai la batalla en que hauria d’haver mort, oi?». Mi expresión de sorpresa ante esa frase fue tan exagerada que él se echó a reír. Mi tía acudió corriendo al escuchar ese sonido que le evocaba tantos recuerdos. Una pequeña lágrima rebelde asomó en sus ojos antes de que pudiera contenerla. Al explicarle por qué se reía, decidió unirse como oyente a esa misteriosa historia.

Cuando apenas contaba con 19 años, fue llamado a filas para participar en la batalla del Ebro, donde el bando republicano, el de Avi, y el que él llamaba los fachas, se enfrentaron en una lucha tan injusta como trágica en la historia catalana. Jóvenes, desde los 15 hasta los 20 años, fueron masacrados de la manera más cruel como una de las últimas líneas de defensa de los llamados rojos. Mi abuelo nos relató con una expresión de arrepentimiento muy marcada que se consideraba un cobarde total. Para sobrevivir, se ocultó tras unos arbustos, cubierto de barro que había cerca del río, mientras todo transcurría. Permaneció allí tanto tiempo como pudo, presenciando impotente cómo sus compañeros caían ante él. En uno de los descansos del ejército enemigo, echó a correr y se alejó. Regresó a casa dos meses después de todo aquello, desnutrido, sucio y sin el brillo que cualquier joven de su edad debería tener en los ojos.

Mi tía y yo nos miramos boquiabiertas. «Perquè no m’ho has explicat mai això, pare? La mare ho sabia?» Avi respondió con aire triste: «És clar que ho sabia, ella va ser qui va cuidar de mi quan vaig tornar. Parlant de la mare, com és que no està aquí? Ha anat al metge o algo?» Le respondí: «Si, Avi, tornarà d’aqui una estona, anem recollint el domino?» Una mirada cómplice a la vez que triste surgió entre nosotras dos mientras ayudábamos a mi abuelo a recoger.

Gracias a aquel juego, pudimos disfrutar del Avi al que queremos, el Avi que, aunque no siempre nos reconoce, le encanta compartir con nosotras, y nunca mejor dicho, sus batallitas. Nunca he llegado a comprender por qué se sentía un cobarde. No era más que un niño que intentó sobrevivir, y eso, para mí, lo convierte en una de las personas más valientes del mundo.

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