martes, 13 de febrero de 2024

A la mar

Dos líneas temporales, 
Ocurre sobre un océano de color negro, 
Que haya un accidente

El submarino estaba a punto de salir y yo tan siquiera había llegado al puerto. Si ese día no me hubiera subido la fiebre, yo estaría en ese navío hundido y Felipe ya estaría listo para zarpar.

— No te preocupes Guille, ya haré tu turno hoy, y cuando te mejores tu haces los que hagan falta para compensármelo — le comenté a mi hermano el día que desaparecí. — Venga, me voy! Espérame para cenar, ¿eh? — Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de ir al barco pesquero.

Al llegar al puerto corriendo y medio desaliñado, corrí hasta poder llegar donde aquel vehículo estaba amarrado, aquel que se supone que iba a rescatar los restos de esa barcucha que no pudo salvar a mi hermano. Algunos los familiares y amigos de mis antiguos compañeros de trabajo estaban en fila, esperando para entrar en el submarino. Uno a uno, fuimos entrando todos, saludados por el capitán del navío.

— Muy bien grumetes — gritó con tono militar. — Mi nombre es Navarro, capitán Jose Antonio Navarro. Esto no es un pesquero como al que estáis acostumbrados. Estamos en misión de rescate. Es primordial permanecer serenos, pase lo que pase. Entraremos en mareas poco conocidas, en el mar más negro visto por el hombre. Aquellos que no se vean capaces de soportarlo, !fuera de mi vehículo ahora mismo! — Nadie movió un solo pelo. — No estoy de broma marineros de agua dulce, ya acepté traer a mujeres, pero no voy a aceptar cobardes. Repito. ¿Alguien quiere irse?

Un par de señores mayores que parecían ser los padres de Iván, el mejor amigo de mi hermano, el cual también sufrió el accidente, abandonaron el submarino y se despidieron de la que creía recordar que era su otra hija. También se marchó una chica adolescente que no había parado de tiritar desde que entramos.

— Así me gusta más — prosiguió Navarro. — Ahora, en marcha, nos queda mucho camino por delante.

Llegué como siempre media hora antes al barco y empecé a prepararlo todo para salir de pesca.

— Hey, ¿Qué haces aquí Felipe? ¿Hoy no tenía turno tu hermano? — me preguntó Iván mientras llegaba por el amarradero.

— Está con fiebre, así que hoy me toca a mí aguantarte — contesté con un tono divertido. Iván había sido mi mejor amigo desde los cinco años, y siempre nos chinchábamos.

— Vaya con el chiquitín, así que escaqueándose para que su hermano mayor le haga el trabajo sucio. Llámalo tonto al tío.

— Venga chicos, suficiente cháchara! — Interrumpió la capitana del navío a los dos amigos. — En breves ya zarpamos, que un contacto me ha chivado una zona donde hay peces luna y no puedo esperar por pescarlos a todos.

La capitana Plaza, de primer nombre Esmeralda, era la persona más fanática de peces raros de toda la isla. Siempre que oía que en nuestro mar, ya raro por naturaleza, había algún pez no descubierto o muy difícil de encontrar, se lanzaba sin mirar atrás. A mi y al resto ya nos parecía genial, porque siempre que encontrábamos ese tipo de mercancía, nuestro sueldo incluía comisión.

— ¡En marcha! — gritamos al unísono toda la tripulación izando las velas.

El pitido del sensor de profundidad del submarino, junto la incesante gotera del rincón donde me había tocado sentarme, no me permitían concentrarme en mi dibujo. En vez de dibujar a Felipe, estaba dibujando a un chico amorfo, con la barba mal afeitada.

Era imposible, no podía hacer como si nada hubiera pasado, como si mi hermano siguiese aquí y lo tuviera de modelo para mis bocetos. Ahora mi musa no era más que un recuerdo manchado de lágrimas y culpa.

— Oye, ¿estás bien? — una voz femenina interrumpió mis lamentos.

Entonces miré hacia arriba y la reconocí, pelo moreno largo, ojos verdes y vestida con un chubasquero que claramente no era de su talla. Era el chubasquero Iván.

— Hola… em… sí, sí, estoy bien, solo estaba intentándome relajar dibujando, pero ya ves que he conseguido totalmente lo contrario — respondí con media sonrisa y con el corazón a mil. No entendía porque me sentía tan nervioso con ella, habíamos coincidido muchas veces. En cumpleaños de nuestros hermanos, en comuniones, en… en el funeral.

— Eres Guille, ¿verdad? El hermano de Felipe. De pequeños jugábamos juntos en el jardín de mi casa, hasta que nuestros hermanos fueron suficientemente mayores como para pasar de nosotros — soltó con una risa nerviosa —. Bueno, por si no recuerdas mi nombre, soy Vera, ¿te importa si te acompaño?

— Cl.. claro, sin problema — contesté yo.

Se sentó a mi lado y nos pusimos a conversar sobre todos los recuerdos bonitos que teníamos de Felipe e Iván. Aún no lo entiendo, pero logró que toda la tristeza y culpa, por un momento, desaparecieran.

— Venga marineros de agua dulce, a tirar las redes. García, ¿tienes ya preparados los anzuelos?

— ¡Sí capitana! — respondí a la petición de Plaza. — Todo preparado.

Tan pronto como la primera red tocó el mar, unas pequeñas luces se empezaron a ver a través de sus agujeros. Todos los marineros nos quedamos embelesados mirándolos.

— ¿Son eso los peces luna capitana? — preguntó mi amigo.

— Eso creo grumete, tirad de la red, a ver si pillamos alguno.

Al empezar a tirar de ella, notamos que algo no iba bien. Poco a poco aparecían más y más luces. No podía haber tantos peces luna juntos, no eran tan pequeños. Eso no era un banco. Eso era un solo pez, y uno muy… muy grande.

De golpe, la manivela que usábamos para tirar de la red, empezó a girar hacia el sentido contrario a una velocidad inhumana, y nos vimos arrastrados por aquel ser que acabábamos de pescar.

— ¡Capitana! Tenemos que parar ahora mismo o nos va a tumbar, incluso peor, ¡a hundir! — Gritó Iván intentando recoger la red sin éxito.

— No grumetes, no podemos rendirnos ahora. ¿No lo entendéis? Lo hemos encontrado, hemos encontrado al pez sol, padre de todos los peces de este mar sin color. Si lo consigo, voy a ser rica y nunca más tendré que trabajar, ¡ni vosotros! — la capitana parecía tener los ojos inyectados de locura. El dinero la había cegado, estaba dispuesta a matarnos a todos por unos míseros billetes.

— Iván, psst, Iván — dije en voz baja para que Esmeralda no nos oyera. — Tenemos que cortar la red o esta conseguirá matarnos.

— Vale, está bien. Tú distráela y yo iré a por el arpón.

Mientras me dirigía hasta donde la capitana empezaba a perder ya el norte, noté que algo le había dado un fuerte golpe al barco. “Mierda…”, pensé para mis adentros. Después de eso, el barco empezó a hundirse poco a poco. Muchos de los marineros fueron directos a las barcas salva vidas, pero en cuanto éstas tocaban el mar, una fuerza invisible los engullía.

“Mierda, Felipe, mierda, piensa, piensa, piensa.”

— García, ¡rápido! Tráeme el arpón — me ordenó la capitana. — Oh no, no hace falta, ya veo que Jurado ya lo está trayendo.

— Capitana, ¿es que no se da cuenta de que el barco se hunde? Tenemos que huir — le contesté con los nervios a punto de explotar. Al mirar hacia Iván, vi que venía hacia nosotros e intenté hacerle señas para que huyera de esa loca que quería el arma, pero no logró entenderme.

— Jurado, el arpón — dijo ella extendiendo la mano.

— Sí señora — contestó él dándoselo, con pánico en los ojos y sin entender nada de lo que pasaba.

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