Volvías a casa cuando tuviste el accidente. Nada fuera de lo normal. Otro coche se salió un poco de su carril y apareció ante ti. No tuviste tiempo de esquivarlo.
Abriste los ojos y nos viste.
— ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?
— Has muerto — te sorprendiste al ver que los dos hablábamos al unísono y que éramos mucho más altos que tú.
— Había… había otro coche. Iban dos mujeres. Se metieron en mi carril.
— Exacto.
— ¿De verdad he muerto? — Temblabas.
— Sí — mi mitad vestida de negro intentó calmarte. — Pero no te preocupes, todo el mundo muere.
Miraste alrededor. No había nada más que tú y nosotros.
— ¿Esto es el más allá?
— Más o menos.
— ¿Qué sois? ¿Quiénes sois? ¿Sois dioses?
— Se podría decir así — mi mitad blanca se agachó frente a ti tendiéndote la mano.
— ¿Y qué pasa ahora? ¿Voy a ir al infierno? — Miraste a mi mitad de negro. — ¿O voy a ir al cielo? Aceptaste la mano que te tendía mi otra mitad.
— Vamos a dar un paseo antes.
Nos pusimos a andar. No hablamos en todo el recorrido. Llegamos a un prado lleno de flores. Las miraste con fascinación.
— En cada una de estas flores hay un recuerdo de tu vida pasada. Adelante, puedes echar un vistazo — tu mueca demostró que te perturbaba escucharnos hablar a la vez.
Las miraste con curiosidad y comenzaste a caminar entre ellas, tocando suavemente los pétalos. Una flor en particular capturó tu atención. Era una rosa roja. Al acercarte, los recuerdos tu esposa e hijo inundaron tu mente. Te detuviste, abrumado por la emoción.
Nosotros te seguíamos observando en silencio.
— ¿Van a estar bien?
— Al principio estarán tristes, pero con el tiempo lo superarán.
Seguiste recorriendo el prado.
— Espera — te sobresaltaste al escucharnos hablar tan alto. Sin darte cuenta, te habías alejado mucho. — Antes de continuar, deberás hacer una elección.
Te acercaste.
— ¿Qué clase de elección?
— No te puedes quedar aquí eternamente a no ser que eso sea lo que decidas — mi mitad negra se agachó para estar a tu altura. — ¿Es eso lo que quieres hacer? ¿Quedarte entre tus recuerdos por el resto de la eternidad? Es una buena decisión. Además, llevas mucho tiempo ya.
— ¿Cómo que mucho tiempo? Si solo hemos estado aquí un par de horas.
— El tiempo aquí pasa de forma distinta. Para ti son dos horas, paro para el resto del mundo ha pasado una década — prosiguió mi mitad blanca al ver que Negro no te contestaba y solo sonreía. — Pero no te preocupes, aún tienes la segunda opción. Puedes reencarnarte. Renacer.
Te quedaste pensativo unos momentos. Fuiste corriendo a un recuerdo de tu educación primaria, donde salía un libro llamado “Nirvana”. Volviste jadeando con su flor.
— ¿Reencarnarme como el tipo de este libro? Me traumatizó un poco. Se convertía en mantis y después de follar con su pareja, esta se lo comía. ¿Me va a pasar eso? No quiero que me coman.
Blanco sonrió levemente.
— Si tu inquietud es renacer como animal, no te preocupes. Si lo haces, será como humano.
— Pero si te vas de aquí, — Negro quería que aceptaras su oferta — no podrás recordar nada de tu vida pasada. Este campo se marchitará y se perderá en el olvido para siempre.
— Y si decido renacer, — miraste a mi mitad blanca — ¿será diez años en el futuro?
— No, será en el primer bebé que nazca después de tu muerte.
— ¿Entonces de qué sirve que aquí el tiempo pase más rápido?
Negro no dejó que Blanco te contestara y se acercó a ti.
— ¿Te has fijado que han brotado nuevas flores en aquella zona del prado?
Fuiste hacia ellas con miedo. Eran del mismo color que mi mitad que te las había mostrado. Cogiste una con la mano temblorosa.
Viste una llamada en tu casa. Viste que la cogía tu esposa y que se ponía a llorar. Viste como conducía mientras aparecía el reflejo de tu hijo en la ventanilla de atrás del coche, llena de lágrimas y mocos. Viste la carretera del accidente. Viste una ambulancia. Viste que dentro del vehículo había una de las dos mujeres del coche que se chocó contigo, la que iba de copiloto. Viste que estaba jadeando. Viste a lo lejos tu coche destrozado. Viste sangre. Una mano te tapó los ojos y no pudiste ver nada más.
— Esos eran los recuerdos de mi hijo.
— Así es — negro se había posicionado a tu izquierda. — Podrás ver todos sus recuerdos si te quedas aquí.
Blanco se acercó y quedaste justo en medio de mis dos mitades.
— Pero si decides renacer podrás vivir una nueva vida.
— Pero no recordaré nada — miraste a tu derecha. — ¿Qué pasa con la vida de mi hijo?
— Tu hijo crecerá, madurará y se convertirá en una buena persona. Será feliz, se casará con su mejor amigo y tendrán una hija preciosa. Y todo eso será gracias a que tú y tu esposa lo educasteis para ser la mejor versión de sí mismo. Puedes quedarte aquí reviviendo tus recuerdos y los suyos, pero nunca podrás construir nuevos. Lo que te ofrezco es una oportunidad para crearlos, para volver a ser tan feliz como eras.
Miraste a tu izquierda. Mi mitad de negro te sonrió.
— Nadie te asegura que tu nueva vida sea tan buena como la que has tenido. Tu mejor opción es quedarte aquí, conmigo.
Cerraste los ojos. No sabías qué elegir. Blanco te ofrecía una vida nueva. Negro te ofrecía revivir la tuya para siempre. Pensaste en la frase que te decía tu madre de pequeño: «más vale malo conocido que bueno por conocer». Cuestionaste la veracidad de esa afirmación. Pensaste en todas las veces que te habías arriesgado y habías salido de tu zona de confort para conseguir lo que te proponías. Recordaste sin necesidad de ninguna flor que no había cosa más importante en la vida que vivirla.
Abriste los ojos. Sonreíste. Diste un paso atrás y nos miraste a ambos.
— He tomado una decisión.
Los dos sonreímos y, por última vez, te dirigimos la palabra al unísono.
— ¿Y bien?
Lloraste. Lloraste por primera vez. Abriste los ojos. Viste el cielo. Eran tonos distintos a los que recordabas. Al fin y al cabo, tus pupilas eran otras. Miraste a tu alrededor sin parar de llorar. Estabas en una ambulancia.
— Enhorabuena, es un niño. Ha nacido sano. Ya puede cogerlo.
Te movieron a los brazos de una mujer. La miraste. Tus recuerdos se empezaban a desvanecer, pero por un momento la reconociste: era la copiloto.

No hay comentarios:
Publicar un comentario