Tema: Exuberancia
Nunca se me ha dado bien las plantas. Siempre las ahogo con exceso de agua o las dejo marchitar por falta de esta. Por eso, fue toda una sorpresa ver que el pequeño huerto que había creado en mi patio trasero empezaba a dar sus frutos —y nunca mejor dicho.
Puri, mi vecina, me ayudó desde el principio. Fue ella quien me regaló las semillas de calabaza, las de berenjena y los repollos. Como nuestros jardines estaban conectados por una pequeña puerta, vino a enseñarme durante los primeros días todo lo que sabía sobre cómo cuidarlas. En poco tiempo, todas las frutas y verduras que había plantado crecieron de manera exuberante. Mirar por la ventana de la cocina se había convertido en uno de mis mayores motivos de orgullo.
Con el paso de los días, el verano dio paso a un otoño anaranjado. Las calabazas de Puri habían alcanzado su máximo esplendor, justo a tiempo para cosecharlas. Las tardes se volvieron más frescas y la luz del sol, más suave, indicaba que Halloween estaba a la vuelta de la esquina. Fue entonces cuando pensé que ya era hora de empezar con las decoraciones.
Puri y yo siempre nos juntábamos para prepararlo todo. Tallábamos calabazas y poníamos telarañas falsas, riéndonos mientras decidíamos dónde colocar cada detalle espeluznante. Sin embargo, ese día no respondió a ninguna de mis llamadas. La había visto la mañana anterior con la compra, así supuse que estaría ocupada. Le dejé un mensaje en el buzón de voz, donde la invitaba a venir a casa para hacer faroles con la cáscara de las calabazas y un pastel con su interior.
Pasaron dos horas sin respuesta, así que decidí empezar sin ella. Sin embargo, al vaciar la primera calabaza, me encontré con algo perturbador. La pulpa no era naranja, como esperaba, sino de un tono rojizo oscuro. Al tocarla, sentí una consistencia extrañamente fibrosa, casi muscular. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando, al inclinarme para examinarla mejor, percibí un olor metálico, inconfundible: el aroma de la sangre.
El corazón me latía en los oídos. El pánico me impulsó a alejarme, pero la curiosidad malsana me obligó a seguir. Con las manos temblorosas, abrí aún más la calabaza y vi su interior oscuro y maloliente. Lo primero fue un enmarañado de cabellos sucios y pegajosos que se adherían a la pulpa. Al apartarlos con repulsión, un chorro de pus amarillento brotó de una cavidad, y me ensució el delantal. Mi estómago se revolvió, pero no podía parar, no podía apartar la mirada. Dentro, entre las fibras descompuestas, asomaban lo que parecían ser órganos de formas grotescas, deformados, pulsantes, con un ritmo lento y antinatural.
No podía más. Intenté mantener la compostura y salí a examinar las berenjenas. Me invadió el horror al abrirlas y descubrir que dentro había un macabro festín de diminutos dientes afilados. Los repollos, por su parte, exhibían venas palpitantes que se movían entre sus hojas, como si algo nauseabundo latiera en su interior.
Con los nervios a flor de piel, retrocedí hacia la casa y estuve a punto de caerme al tropezar con los tallos de calabaza, que se habían extendido mucho más allá de sus límites habituales. Fue entonces cuando noté algo aún más aterrador: el suelo bajo mis pies se sentía extrañamente blando y cálido, como si pisara carne viva. Con el corazón acelerado, me di cuenta de que el jardín entero vibraba, respiraba, como un organismo gigante. ¿Cuándo había pasado esto? ¿Cómo no me había dado cuenta?
Con cada paso que daba, el jardín se volvía más siniestro. Las plantas que antes cuidaba, ahora se alzaban amenazantes, retorcidas en formas imposibles. Las flores mostraban pétalos oscuros, abiertos en una mueca que recordaba a bocas hambrientas. Los tallos se habían vuelto gruesos y llenos de espinas, y serpenteaban por el suelo y los muros. Todo a mi alrededor exudaba una abundancia dantesca, una vitalidad enferma que parecía engullir todo lo que podía.
Corrí hacia el patio de Puri. Pero cuando estaba a punto de llegar, el suelo comenzó a hundirse bajo mis pies, a succionarme. Luché con todas mis fuerzas y logré descalzarme de una bota, lo que me hizo caer al suelo.
Algo a escasos centímetros de mi cara hizo que mi respiración se detuviera por completo. Entre las hojas y apenas visible en la tierra, emergía una cabeza humana. Con un nudo en el estómago, reconocí el cabello gris y rizado de Puri. Sus ojos, abiertos y vidriosos, me lanzaban una mirada vacía y helada. Raíces podridas se enredaban en su boca, desgarrando sus encías y deformando su rostro en una mueca de horror perpetuo. No podía comprender cómo estaba tan descompuesta, con la piel pálida, como si hubiera estado enterrada durante semanas. El jardín la había drenado, y ahora parecía dispuesto a hacer lo mismo conmigo.
Grité, pero mi voz se perdió entre los crujidos de las plantas que se movían a mi alrededor. Los tallos se enredaron en mis piernas, y me arrastraron hacia las profundidades de la tierra. En un último y desesperado intento, estiré el brazo hacia la cabeza de Puri, agarré su cabello y lo usé como punto de apoyo para salir.
Pero fue inútil. Su pelo se desprendió de su cuero cabelludo con un sonido húmedo y repugnante. Me quedé con un mechón gris en la mano mientras me hundía más. El cielo se desvanecía poco a poco sobre mi cabeza, y las raíces y plantas comenzaron a deslizarse dentro de mi boca, arrastrando consigo la tierra pútrida. Sentí cómo se introducían en mi garganta y me sofocaban. Luego, todo se volvió negro.
Ya sabía yo que se me daban mal las plantas.












